La Arqueología y las Ciencias Bíblicas


La arqueología es la ciencia que estudia los restos materiales que han dejado los pueblos, estableciendo su cronología o antigüedad, su función en la vida y desarrollo de la gente, y sus relaciones con el complejo cultural más amplio, es decir con todo lo creado por un pueblo en un determinado emplazamiento espacio-temporal.

De ser el pasatiempo predilecto de coleccionistas de la aristocracia europea, la arqueología ha evolucionado hasta alcanzar el rango de una ciencia accesible a todos. Cuando se interrelaciona con el texto de la Biblia, la arqueología se convierte en Arqueología Bíblica, una de las ciencias bíblicas que más contribuciones ha hecho al esclarecimiento de la Palabra de Dios a lo largo de nuestro siglo.

En el presente artículo daremos una breve introducción relativa a los principios y métodos de la investigación arqueológica seguida de una exposición de la Tabla Arqueológica del Mundo de la Biblia (Abreviado: TA), que le dará una nueva e interesante perspectiva del estudio bíblico. La Tabla Arqueológica del Mundo de la Biblia (ver pp. 18, 19) presenta la sucesión de los períodos arqueológicos e históricos y da una visión global de la cronología. Asimismo, ayudará a apreciar mejor el aporte de cualquier publicación en el campo de la ciencia arqueológica, lo que implementará las limitaciones del presente artículo.

LA EXPLORACIÓN DE SUPERFICIE

El Medio Oriente es el área arqueológica más rica del mundo. En el último siglo han sido descubiertos en esta área los restos de muchas ciudades que menciona la Biblia, pero que han permanecido por milenios cubiertas por escombros y afectadas por la erosión. Los arqueólogos, después de recolectar información bibliográfica y testimonial, y luego de realizar una exploración de superficie, deciden realizar una excavación en un sitio determinado, para verificar sus hipótesis.

Veamos cuáles son los indicadores más elementales que dirigen la exploración de superficie:

1. LA CERCANÍA DE LOS MANANTIALES

En Deuteronomio 11:11 se describe la naturaleza geológica de la región montañosa del territorio de Israel, de la siguiente manera: “La tierra a la cual cruzas para tomarla en posesión es una tierra de montes y de valles, que bebe el agua de la lluvia del cielo”. Estas palabras marcan una diferencia con la tierra de Egipto, que los israelitas estaban a punto de dejar. Allá la fertilidad del valle del Nilo se debe a una compleja red de irrigación mediante canales y acequias. Pero ¿qué hace a la tierra prometida una tierra diferente entre todas aquellas que también son fertilizadas por la lluvia?

La exploración geológica de Israel en tiempos modernos nos ha dado la respuesta:

El área montañosa de Israel es de naturaleza calcárea suave, lo cual hace que en su subsuelo se formen depósitos de agua tan grandes como lagunas. Estas aguas son conocidas en la geología con el nombre de “aguas cársticas”. En los tiempos bíblicos se ignoraba la existencia de estos depósitos, y en caso de una grave sequía no se podía recurrir a ellos. Pero en el moderno Estado de Israel, tras detectar la presencia de agua, solamente bastaría perforar acertadamente uno o centenares de pozos, de acuerdo con la necesidad.

Antiguamente no se podía explicar la verdadera naturaleza de los manantiales. En realidad estos son escapes de agua en lugares donde el declive de algún monte corta alguno de los accesos a una concentración de aguas subterráneas. El caso del manantial de Guijón, en el declive sur oriental de la Ciudad de David, en Jerusalén, es un buen ejemplo. Desde tiempos inmemoriales y hasta nuestros días lanza agua a borbotones (de allí su nombre hebreo: Guijón). La ubicación de este manantial indica que como vislumbra el profeta Ezequiel, en el subsuelo de Jerusalén hay un gran depósito de agua, que podría aflorar y correr por los agrestes parajes del desierto de Judá hasta el mar Muerto: “Estas aguas van a la región del oriente; descenderán al Arabá y llegarán al mar, a las aguas saladas; y las aguas serán saneadas” (Eze. 47:8).

El fácil acceso al agua ha sido el factor principal para la distribución de los asentamientos en los tiempos bíblicos, y del mismo modo, los manantiales son los mejores indicadores de la presencia de restos arqueológicos en una determinada área.

2. LA DISTRIBUCIÓN DE LOS TELES

En la mayoría de los casos, el nombre que tiene un sitio geográfico puede ser indicio de que allí pueden estar escondidos estratos arqueológicos. Es así que los lugares en los países bíblicos cuyo nombre árabe se compone de la palabra tel (como Tel El-Yehudieh, Tel El-Fara, Tel Kasila, etc.) son sitios arqueológicos, pues la palabra tel significa “montículo de ruinas”. Tal es el significado que tel tiene en los idiomas semíticos, incluido el hebreo, donde tel olam se traduce en la RVA como “montículo de ruinas perpetuas” (comp. Jos. 8:28 y 11:13 y notas RVA).

En realidad, la apariencia de los teles, tras el proceso de erosión y su recubrimiento con vegetación, no se diferencia mucho de los montículos o colinas naturales en la superficie. Pero la vista aguda del buen explorador puede distinguir en ellos algo de la superposición de estratos arqueológicos.

Se requiere realizar una exploración de superficie en las inmediaciones de un tel para recolectar los fragmentos de cerámica que pueden aflorar en las faldas del mismo. Dichos fragmentos de cerámica no solo verifican que allí hubo algún asentamiento humano, sino también indican qué períodos arqueológicos pueden estar representados en el tel. La difusión de los teles, particularmente en el área del territorio de Israel también ayuda a reconstruir el sistema vial y las relaciones comerciales y culturales en el período bíblico.

3. LOS DESCUBRIMIENTOS FORTUITOS

Aparte de la exploración de superficie basada en hipótesis de trabajo, muchos de los descubrimientos arqueológicos en lugares insospechados se han debido a hallazgos fortuitos o accidentales. Algunos ocurren cuando se está construyendo una carretera; otros cuando se construyen viviendas; otros cuando se prepara el terreno de los campos de cultivo; y otros de maneras insospechadas. En tales casos, se debe informar de inmediato al Departamento de Antigüedades, para que su personal especializado haga las investigaciones adecuadas, antes de que se prosiga a realizar cualquier otro trabajo en el sitio.

Algo muy emocionante es descubrir un assemblage o conjunto de objetos que pertenecen todos al mismo período, como ha sido el caso del famoso tesoro que se hallaba en la tumba del faraón Tutankamón en Egipto, o el descubrimiento de la tumba del Señor de Sipán en la costa norte del Perú, o el descubrimiento del tesoro de los más antiguos objetos de bronce en Mearát Ha-matmón en Israel. Generalmente este tipo de descubrimientos no se lleva a cabo en lugares de asentamientos humanos sino en necrópolis (cementerio de gran extensión en el que abundan los monumentos fúnebres, especialmente si es anterior a la era cristiana. Lit. ciudad de los muertos) y tumbas, donde son puestos como ofrendas votivas que acompañan los restos de algún personaje importante. En la mayoría de los casos, son los objetos descubiertos en buen estado de conservación en las necrópolis los que ayudan a interpretar los descubrimientos fragmentarios de los estratos habitacionales.

Otros descubrimientos se llevan a cabo en las actuales aldeas que se levantan en las inmediaciones de los sitios arqueológicos. En muchas de dichas aldeas se puede observar el uso secundario de materiales de construcción extraídos de los asentamientos arqueológicos, como se observa en las aldeas de la proximidad de Tiahuanaco en Bolivia, o como los restos arqueológicos en la aldea de Diwan en Jordania.

Refirámonos a esta segunda ilustración: En 1868 fue descubierta de manera fortuita la

estela de Mesa, rey de Moab, por un sacerdote apellidado Klein. Él se encontraba observando cómo los pobladores de la aldea de Diwan (nombre árabe de la ciudad bíblica Dibón), en Transjordania, habían utilizado materiales de construcción provenientes de las ruinas de Dibón. Al visitar una de las casas vio una piedra inscrita utilizada a manera de dintel. Posteriormente, el arqueólogo Clermont Ganneau observó que el texto estaba escrito con signos alfabéticos arcaicos. Él pudo obtener una impronta de dicho texto en yeso de París, antes de viajar a Europa para conseguir apoyo financiero y lograr que dicha piedra fuera llevada de Dibón para ser estudiada. Mientras él estaba haciendo trámites en Europa, los aldeanos, pensando que la piedra contenía algún tesoro, o con la intención de venderla en fragmentos para obtener más dinero, la sometieron a una fuerte temperatura y le echaron luego agua fría para hacerla estallar.

Dicha piedra era la estela (una laja de piedra parada que tiene una inscripción o un diseño esculpido) o memorial de Mesa, rey de Moab, y contenía la historia de las relaciones de Moab con Israel en el período de la dinastía de Omri. Dicha historia estaba narrada, por supuesto, según el punto de vista de los moabitas. El valor de dicho monumento se realza cuando constituye el primer documento extrabíblico donde aparece el Tetragrámaton Sagrado para referirse al Dios de Israel: YHVH.

LAS EXCAVACIONES ARQUEOLÓGICAS

Tras la exploración de superficie se procede a realizar en un sitio escogido una excavación de trinchera, es decir, un corte vertical en un declive del tel. La excavación de trinchera ayuda a distinguir con más claridad el contenido de las diferentes fases de un asentamiento arqueológico. En la primera etapa esto puede llevarse a cabo como una hipótesis de trabajo, sobre la cual fundamentar la realización posterior de excavaciones estratigráficas en el sitio. En estas excavaciones se desciende estrato por estrato, desde los más recientes hasta los más antiguos, formados sobre la roca virgen. 

Muchas hipótesis de trabajo han probado ser muy acertadas a la luz de la evidencia de las excavaciones estratigráficas realizadas posteriormente en diversos lugares. Algunos casos son anecdóticos y hasta legendarios. Se cuenta, por ejemplo, cómo el profesor Yigael Yadín hizo unos trazos con cal sobre cierta área del tel de Hazor, indicando que en el mismo sitio estarían enterradas las torres de la entrada principal de la ciudad fortificada de Hazor perteneciente al período de Salomón. Él inclusive diseñó sobre el terreno el plano de dicho edificio, ante la mirada de los obreros árabes, los cuales quedaron asustados cuando después se percataron de que lo que se fue descubriendo era exactamente lo que Yigael Yadín había pronosticado. Yigael Yadín no era brujo ni adivino; él simplemente era un experimentado arqueólogo que, basándose en muchos datos acumulados para la elaboración de su hipótesis de trabajo, y del conocimiento de la construcción de otras ciudades fortificadas de la misma época en Guézer y Meguido, atinó brillantemente en Hazor.

Las excavaciones son hechas con técnicas exactas de medición, y mediante planos y fotografías se registran las características de los estratos y su contenido arqueológico, es decir, los diversos objetos que se encuentran en los mismos. Algunos de los objetos descubiertos son retirados de su lugar y llevados a laboratorios y museos para su estudio y exhibición.

En lo posible, en las excavaciones se guardan del deterioro ciertos tabiques para servir de testigos sobre la secuencia estratigráfica en el proceso de la excavación.

Un descubrimiento arqueológico registrado de acuerdo con los requerimientos de la disciplina arqueológica contribuye a esclarecer los misterios y las interrogantes que acarrean descubrimientos en otros lugares. El aporte de varios descubrimientos contribuye a poner juntas las piezas del rompecabezas y a entender el panorama cultural que dejan entrever.

Cada nuevo descubrimiento ayuda a comprender mejor los descubrimientos realizados en el pasado o a llevar a cabo nuevos descubrimientos en el futuro.

Escrito por: Moisés Chávez

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