¿Qué haremos con los salmos imprecatorios?


CON LA MIEL de piedad y devoción que destila de los Salmos uno se deleita. Sus frases de alabanza, adoración y gratitud hacia el Omnipotente ayudan a multitud de creyentes a expresar el sentir del alma, el anhelo del corazón que se dirige a Dios en oración.

Sin embargo, más de uno queda perplejo ante la lectura de los pasajes en los que se pide con vehemencia al Señor el aniquilamiento de los enemigos: los Salmos imprecatorios. ElDiccionario Anaya de la lengua define imprecar como “proferir maldiciones o palabras con que se manifiesta el deseo vehemente de daño para alguien”. ¡Qué difícil nos resulta como creyentes concebir que en la Biblia exista este tipo de oración! Ninguno se imagina que en la voz de un dulce cantor saliesen frases tan estrujadoras como Dichoso el que tomare y estrellare tus niños contra la peña, Salmo 137:9. En esta ocasión el autor manifiesta un vivo deseo de venganza contra Babilonia, nación que redujo a Jerusalén a un montón de escombros.

No son pocos los que quisieran sacar los pasajes imprecatorios del canon bíblico porque tales textos revelan un espíritu anticristiano de vengarse. No se ajustan a lo enseñado por Cristo en el Sermón del Monte. No edifican la vida espiritual. Otros aceptan que son pasajes canónicos, inspirados sólo en su redacción, no en cuanto a su creación. Y hay los que han tenido la idea de que los salmos imprecatorios se han permitido en la Biblia debido a que la revelación de la voluntad de Dios es progresiva y que los salmistas no habían llegado a entenderla en toda su magnitud. Pero Archer presenta la idea de que “la revelación progresiva no ha de entenderse como un progreso del error hacia la verdad, sino más bien un progreso de lo parcial y oscuro a lo completo y claro”. Reseña Crítica de una Introducción al Antiguo Testamento. Chicago: The Moody Bible Institute, 1981, página 498.

El hecho es que los salmos imprecatorios están allí. Son parte integral del canon bíblico. Tan es así que varias de las expresiones en estos textos resultaron ser profecías mesiánicas neotestamentarias. Por ejemplo se puede comparar Salmo 69 con Juan 2:17 y 15:25; Hechos 1:20, Romanos 15:3. El Espíritu Santo inspiró tanto su contenido como su redacción.

¿Cómo interpretar el mensaje de los pasajes imprecatorios?

El Comentario Bíblico Beacon en el Tomo 3, página 122, dice que tales Salmos “nunca fueron usados en el culto de la sinagoga, ni llegaron a formar parte de los rituales del judaísmo. (…) la destrucción de los malvados siempre ha sido entendida por los judíos como la destrucción por parte de Dios, no de los pecadores sino del pecado en sí”. Podemos ver que el salmista entendía que cuando sucediera la conversión de los impíos, la opresión desaparecería de raíz , Salmo 83:17,19.

Por su parte la Biblia de estudio Harper /Caribe señala: “debe tenerse en cuenta la forma de los verbos; aunque por el contexto generalmente sea correcto traducirlos como subjuntivos (que la muerte le sorprenda, Salmo 55:15, en muchos casos la misma forma hebrea puede traducirse como futuro indicativo la muerte les sorprenderá.

Principalmente estos pasajes han de ser ubicados en su contexto propio para una hermenéutica adecuada: bajo la ley. Antes de la aparición del Mesías y la revelación neotestamentaria, el contexto del más allá y el juicio en una existencia posterior a la muerte eran rudimentarios. Según las ideas corrientes en el Israel antiguo, las buenas o malas acciones eran retribuidas en la vida presente y lo antes posible. La liberación del justo oprimido y el desastre sobre la cabeza del malvado opresor evidenciaban la existencia de un Dios verdadero que rige y juzga al mundo, Salmo 58:11. La ley remarca promesa de bendiciones copiosas a quienes vivan fieles a la alianza divina, pero advierte de graves castigos a quienes la olviden y se revelen contra ella, Levítico 26; Deuteronomio 28-30.

La justicia divina es un tema que sobresale en los Salmos. Dios es proclamado bueno y misericordioso, pero no indiferente ante la impiedad. El hará que los impíos reciban su merecido.

Las imprecaciones se dan en casos muy sobresalientes. Israel y los salmistas siempre han tenido enemigos, pero estos salmos surgen en una situación de crisis severa, personal o nacional. La vileza, insolencia y brutalidad de los impíos llevaban al sufridor a la desesperación. El salmista de pronto se hallaba indefenso frente a la violencia. En lo humano no había justicia que pudiera brindarle socorro, y los enemigos aprovechaban de ello. Urge la actuación del Eterno antes que el mal se desboque y el amigo de Dios se hunda. Son comunes en la imprecación gemidos que llaman de emergencia por intervención divina.

  • ¿Hasta cuándo verás esto?, Salmo 35:17
  • Tú lo has visto, oh Jehová; no calles, Salmo 35:22
  • No escondas de tu siervo tu rostro, porque estoy angustiado; apresúrate, óyeme, Salmo 69:17.

No era sólo un deseo egoísta de venganza personal lo que buscaban los salmistas; era un ardiente celo de Dios lo que motivaba la imprecación. Una profunda identificación con la causa divina conmovía a los creyentes a pedir a Dios que él obrara . El fiel israelita se hundía en aflicción a contemplar el mal que prevalecía en el mundo. Le resultaba insoportable el hecho de que la soberbia de los impíos invalidara con sus palabras y hechos la sagrada ley del Creador. Se anhelaba una tangible exhibición del desagrado divino contra el pecado y la corrupción. El salmista manifiesta celo por la gloria de Dios en un mundo en rebeldía contra él.

Los pueblos que luchaban contra Israel desdeñaban a Dios y confiaban en el nombre de sus dioses en el intento de someter al escogido. Así que la derrota resultaba en humillación para el pueblo y escarnio para el nombre de Dios, Salmo 137:3-4. De ahí que se pide que el mal sea abatido y el bien se corone de triunfo. Que el terror se vuelva sobre el opresor. Que los amigos de la justicia y de Dios levanten la cabeza y reciban aliento continuo en el servicio del Señor.

No se debe tildar al imprecador de carnal. Es amigo de Dios y creyente hasta los tuétanos. Reconoce su pecado ante Dios, Salmo 69:5. Ruega por la victoria de los que buscan a Dios, 69:6. Sufre afrenta por amor al Señor, 69:7. Ama a Jehová sobre todas las cosas y las personas, 69:8. Es celoso de la obra de Dios, 69:9. Sabe humillarse ante el Santo, 69:10-11. Ora al tiempo de la tribulación, 69:13. Es un adorador de convicción, 69:30-36. La imprecación es el gemir de un alma hambrienta de justicia divina, cosa que en ningún modo se pueda calificar de antibíblico.

Como Palabra de Dios, los Salmos imprecatorios, aunque en forma por demás cruda, expresan principios bíblicos pertinentes para el cristianismo contemporáneo. Dios es presentado como el Juez de toda justicia, 35:23; socorro del afligido, 55:16, 18 y 69:29; destructor de los planes del malvado, 65:23; fortaleza y consuelo de los que sufren, 55:22.

La soberanía de Dios es asunto revelado en la imprecación. La prosperidad de los impíos es pasajera, al igual que la opresión de los justos. Al fin de cuentas, él de arriba pondrá a cada uno en su lugar y la verdad saldrá triunfante.

La confianza del salmista en el socorro oportuno del Dios verdadero le permite descargar su pena y angustia ante él y adorarlo por su grandeza, su misericordia y su justicia. Casi todas las imprecaciones terminan en son de alabanza. El autor sabe orar y sabe cantar. En su oración y en su canto expresa tanto sus disfrutes, emociones y aflicciones, como también su enfado, su celo e indignación. Sin reservas abre su corazón a la Deidad.

Con todo, en el Nuevo Testamento la imprecación no desaparece por completo. De la pluma más ilustre de la teología cristiana surge un anatema para todo el que no amare al Señor Jesucristo, 1ª Corintios 16:22. Pablo no se detiene para anatematizar también a los herejes que pervierten al evangelio de Cristo, Gálatas 1:8,9.. A los judaizantes legalistas no les desea precisamente algo bueno, Gálatas 5:12. El apóstol pide que el Señor pague al calderero conforme a sus malos hechos, 2ª Timoteo 4:14. El hombre de Tarso afirma que “es justo delante de Dios pagar con tribulación a los que os atribulan”.

¿Debemos los creyentes de hoy emplear imprecaciones?

Las plegarias imprecatorias

“se hallan expresadas con la fuerza y el realismo propios de

un poeta oriental y no pueden menos de impresionar a las

almas educadas en la doctrina evangélica. Pero, (…) no

son sino clamores vehementes por el triunfo de la justicia

de Dios sobre los impíos, para los cuales, después que

Cristo satisfizo a la divina justicia por todas impiedades,

no podemos pedir sino aquella gracia y misericordia

que el Salvador nos mereció a todos. –Sagrada Biblia,

Versión Nácar-Colunga . Introducción al Salterio, nota 7, 1963.

El Dios de toda gracia nos ha revelado un camino más excelente en la persona de su Hijo. El perdón, la paciencia y el amor para el prójimo y hasta para los enemigos, como resultado de un corazón transformado y agradecido que comprende el amor sacrificial de Dios, se verá en la obligación de subir a un nivel más alto. Nosotros mismos éramos enemigos de Dios. Nos pacificó pagando el más alto precio por quién no merecía nada. Así el creyente neotestamentario ora por el bien y la salvación de los malvados y tiene como meta formar en sí el carácter de Jesucristo en toda bondad, justicia y verdad.

El Salmo 69 bien describe la situación de angustia y dolor del salmista—y a su vez del Mesías en la cruz. Ambos en las mismas condiciones reaccionaron en forma seguida: David, con una cruda imprecación; nuestro Señor con un clamor al Padre implorando perdón para los asesinos.

Tenemos que amar a nuestros enemigos y perdonarlos, Mateo 5:38-48. Hemos de orar por los enemigos y hacerles bien; si tienen hambre hay que darles de comer, si tienen sed, hay que darles de beber. Nos precisa aprender el arte de “amontonar ascuas de fuego sobre su cabeza”. Urge entender que de Dios es la venganza, que se vence el mal con el bien, Romanos 12:18-21.

El amor a los enemigos no implica indiferencia ante la violencia y la unjusticia, la blasfemia y la opresión. El creyente también ha de orar porque el mal sea vencido, muera la injusticia y se alce triunfante el reino de Dios. XXX

Por Jose M. Saucedo Valenciano publicado originalmente en CONOZCA.

José M. Saucedo Valenciano y su esposa Elizabet Gómez se regocijan con el nacimiento de su primer hijo, José Hiram. Egresado del ISUM, el autor pastorea la iglesia “Estrella de Oriente” en Nuevo León, México, y enseña en varios institutos bíblicos.

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