Los Evangelios son fidedignos (El cuarto evangelio)


LOS EVANGELIOS

1. Los evangelios sinópticos

2. El cuarto evangelio

El gran reformador Juan Calvino dice en su obra Argument to the Gospel of John, (Alegato en favor del Evangelio de Juan), “Tengo el hábito de declarar que este Evangelio constituye la llave que abre la entrada a la comprensión de los otros tres”. Opinión tal ha sido compartida por otros pensadores cristianos de diversas épocas. Todos esos escritores descubren profundidades de verdades espirituales en el Evangelio de Juan, que no se encuentran en ninguno de los otros escritos del Nuevo Testamento. A la pregunta de si los discursos que contiene este Evangelio son las palabras auténticas de Cristo, un buen número de pensadores cristianos responde diciendo que, si no lo son, entonces nos encontramos en presencia de alguien que es más grande que Cristo.

Con todo, en el correr de los últimos cien años, especialmente, el Cuarto Evangelio se ha visto sometido al fuego intenso de controversias interminables. La gente habla del enigma del Cuarto Evangelio, y lo que un sector acepta confiadamente como una solución adecuada, el otro sector lo rechaza con la misma confianza como inaceptable. Este no es el lugar, por supuesto, para intentar una nueva solución. Bastará recordar algunos de los puntos importantes que están relacionados con la historicidad de este Evangelio.

El Evangelio pretende haber sido escrito por un testigo ocular. El capítulo final relata una de las apariciones del Señor Jesús después de la resurrección, en el Mar de Galilea, en la que estaban siete discípulos, incluso el que es llamado “el discípulo al cual amaba Jesús”. Al terminar el capítulo aparece una nota que dice: “Este es aquel discípulo que da testimonio de estas cosas, y escribió estas cosas: y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero” (Juan 21: 24). En verdad no resulta muy claro quiénes son los “nosotros” que agregan su testimonio en cuanto a la veracidad del Evangelio, y es probable que Lighfoot tenga razón al asociarlos al grupo de amigos y discípulos que estaban relacionados con el Señor (Biblical Essays, pág. 196; Essays on Supernatural Religión, pág. 187). “El discípulo al cual amaba Jesús” está mencionado como formando parte de la compañía de la Ultima Cena (13:23); como presente en el acto de la crucifixión (19:26)4 y como testigo ocular y compañero de Pedro al llegar a la tumba vacía la mañana de la Resurrección (20:2 y sig.). ¿Ofrecen estos pasajes alguna clave de su identidad?

Según narra Marcos en 14:17 (véase también Mateo 26:20 y Lucas 22:14) que cuando el Señor llegó al Aposento Alto para celebrar la Ultima Cena, estaba acompañado por los Doce Apóstoles, quienes se reclinaron a la mesa junto con Él y en ninguna parte de los Sinópticos se sugiere que se encontrara entre ellos alguna persona extraña. Esto quiere decir que tenemos que llegar a la conclusión que “el discípulo amado” era uno de los doce, y que hubo más de una ocasión en que tres de ellos fueron admitidos a un círculo más íntimo con el Maestro, es decir, Pedro, Santiago y Juan. Fueron estos tres, por ejemplo, que montaron guardia con Él durante la vigilia en el Getsemaní después de concluida la Ultima Cena (Marcos 14:33). Naturalmente tenemos que pensar que el discípulo amado sería uno del grupo. No era Pedro, de quien se nos dice que fue distinguido de un modo explícito en 13:24; 20:2 y 21:20. Quedan los dos hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, incluidos entre los siete del capítulo 21; pero Santiago fue martirizado a más tardar el año 44 (Hechos 12:2), lo que quiere decir que hubo poca probabilidad de que se dijese de él lo que se dijo del discípulo amado, que no habría de morir como sucedió en el caso de] discípulo amado. De modo que el único que queda es Juan.5

Llama poderosamente la atención el hecho de que el Cuarto Evangelio no menciona a Juan por nombre, como tampoco lo hace con su hermano Santiago. También está la circunstancia que el Cuarto Evangelio menciona a Juan el Bautista simplemente como Juan, mientras que los Sinópticos lo llaman siempre Juan el Bautista. Todo autor se toma el trabajo de hacer distinción entre dos caracteres de su relato que llevan nombres iguales, aunque no es tan cuidadoso de diferenciar entre alguno de sus personajes y sí mismo. El Cuarto Evangelio distingue a Judas Iscariote del Judas “no el iscariote” (14:22), y es significativo, entonces, que no diferencie a Juan el Bautista de Juan el Apóstol, a quien debe haber conocido, aunque no lo menciona por nombre.

En tesis general se puede decir que la evidencia interna del Cuarto Evangelio revela un autor que es testigo ocular de los sucesos que describe6. Es palestino y, no sólo son precisos los lugares y distancias que menciona de Palestina, conocimiento que aparece natural y espontáneo, todo lo cual sugiere que se trata de un natural del lugar y lo conoce a fondo, sino que, no hay nada en el libro que indique un origen extraño a Palestina. El autor conoce bien a Jerusalén, y fija la locación de ciertos lugares de la ciudad como alguien que los conoció antes que fueran destruidos en el año 70.

El autor también es judío. Está enterado perfectamente de las costumbres judías; menciona los ritos de la purificación (2:6) y el modo de efectuar los sepelios (19:40). De las festividades menciona la Pascua, la Fiesta de los Tabernáculos y la de la Dedicación que se celebraba en invierno, junto con una festividad innominada en 5:1 que era, sin duda, la Fiesta de Año Nuevo (véase a J. Rendell Harris, Sidelights on New Testament Research, 1908, págs. 52 y sig.). Conoce la ley judía de evidencias (8: 17), lo mismo que la actitud de superioridad que asumen quienes consiguen la capacitación rabínica frente a quienes no gozan de esta ventaja (“Mas estos comunales que no saben la ley, son malditos”, 7:49), actitud que aún expresa el Rabino Hillel cuando dice: “Ninguna persona ignorante es piadosa” (Pirqe Ahoth, 2:6). El autor ha sido acusado de craso error al suponer que el Sumo Sacerdote de los judíos mantenía el cargo por un año; pero lo cierto es que, cuando el escritor se refiere a Caifas como “el Sumo Sacerdote de ese año” (11:49-51 y 18:13), simplemente quiere decir, “el Sumo Sacerdote durante ese año fatal”.7

La evidencia interna sostiene a la vez la pretensión de que el autor comprende los grandes sucesos que relata, además de ser testigo ocular, y esa evidencia del Cuarto Evangelio es tan sólida como la de los Sinópticos. Ya vimos la evidencia de los papiros que atestan su fecha temprana. Ignacio, martirizado alrededor del año 115, ofrece alusiones bien claras con referencia a este escrito, y Policarpo, que escribió a la iglesia de Filipos poco tiempo después del martirio de Ignacio, menciona la Primera Epístola de Juan que acompañó al Evangelio en forma de carta adjunta, según opinión de Lighfott, Wescott y otros. Hasta el gnóstico Basílides cita a Juan 1: 9 como “en los Evangelios”, alrededor del año 130. Justino Mártir cita la historia de Nicodemo que relata Juan en el capítulo 3, alrededor del año 150, y Taciano, su discípulo incluye el Cuarto Evangelio en su Diatessaron allá por el año 170.

Aparte de estas evidencias tempranas de la existencia del Cuarto Evangelio, encontramos que varios escritores del siglo segundo ofrecen observaciones pertinentes a su genuinidad. Al final de este siglo Ireneo atestigua la creencia generalizada de que el autor es Juan, el apóstol, y cabe recordar que Ireneo mantuvo contactos con Asia Menor en el Oriente y con Galia en el Occidente; con Clemente de Alejandría, con Teófilo de Antioquía, con Tertuliano de Cartago y con Heracles, el gnóstico de Italia, el comentador del Cuarto Evangelio más antiguo que conocemos.8

Ireneo es el testigo más importante. En su obra Adversus Haereus (Contra los Herejes), ni. 1, dice que “Mientras Juan vivía en Éfeso de Asia, el discípulo del Señor que se reclinó en su pecho, él mismo publicó su Evangelio”, y en otra parte de la misma menciona a Juan como “el apóstol” (i.9). En una carta que el mismo Ireneo escribe a Florino, dice que siendo niño vio a menudo a Policarpo, quién fui obispo de Esmirna y discípulo del apóstol Juan, con quien habló sobre lo que escuchó de Cristo, como también de otros testigos. Debemos recordar que Policarpo contaba ochenta y seis años cuando fue martirizado en el año 155. En su Historia Eclesiástica Eusebio menciona también la carta que Ireneo dirigió a Florino (v.20).

El Fragmento Muratori proporciona otra evidencia sobre la genuinidad del Evangelio que nos ocupa, y procede de alrededores del año 170, lo mismo que el Prólogo Antimarcionita al Cuarto Evangelio. El primero de estos documentos contiene un relato curioso:

El cuarto de los evangelios fue escrito por Juan, uno de los

discípulos. Cuando los discípulos compañeros y los obispos le

instaron a hacerlo, les dijo: Ayunad conmigo durante tres

días, y luego relatémonos mutuamente lo que nos ha sido

revelado*. Esa misma noche le fue revelado a Andrés,

uno de los doce, que Juan escribiera todo bajo su nombre, y que todos revisarían lo escrito’.

No es probable que Andrés viviera en la época que alude la cita, pero es posible que el fragmento conserve una tradición verídica en el sentido de que varias personas hayan tenido interés en que se concretara el Evangelio, porque nos encontramos con el “sabemos” de Juan 21:24.

El otro documento, o sea el Prólogo Antimarciónita, dice:

El evangelio de Juan fue publicado y entregado a las iglesias

por Juan estando él aún vivo, tal como lo relata en cinco

libros Exegéticos un hombre de Hierápolis de nombre

Papías9. En realidad este Papías escribió correctamente el

evangelio a medida que Juan se lo dictaba. Pero el hereje

Marción fue expulsado por Juan, después que lo hubo repudiado por sus sentimientos contrarios. Él llevó cartas o escritos a él de parte de los hermanos que se encontraban en Ponto.

Esta referencia a Marción, interesante como parece ser, tenemos que abandonarla10. Además, el Prólogo contiene el dato importante que Papías afirma en su Exposición de los Oráculos del Señor (entre los años 130 al 140), que Juan dictó el Cuarto Evangelio. Ésta es, entonces, la evidencia externa más antigua que poseemos sobre la genuinidad joanina del Evangelio. La afirmación de que Papías fuera el amanuense que escribiera al dictado de Juan no tiene apoyo ni probabilidad; no existe seguridad de que Papías mantuviera contacto personal con alguno de los apóstoles. Lighfoot sugiere en la pág. 214 de su obra Essays on Supernatural Religión que Papías escribió que el Evangelio “fue entregado por Juan a las iglesias, que ellas lo escribieron tomando el dictado de sus labios”, pero que el escrito fue mal interpretado porque se le hizo decir, “que YO escribí de sus labios”, desde que las formas del griego para expresar “yo escribí” y “ellas escribieron” son idénticas en el tiempo imperfecto (apegraphon) y muy similares en el aoristo (apegrapsa en el primero del singular, y apegrapsan en el tercero del singular, probablemente escrito apegrapsa). También se han ofrecido otras explicaciones. En una correspondencia que el Dr. F. L. Cross envió a The Times con fecha 13 de febrero de 1936, decía que “Mi propia opinión sobre el particular -si es que se me permite plantearla en forma dogmática-, es que la forma originaria del documento afirmaba que el Cuarto Evangelio fué escrito por Juan el Presbítero al dictado de Juan el Apóstol, cuando éste hubo llegado a una edad muy avanzada”, aunque esta idea es menos probable que la de Lighfoot. Para dar con este Juan el Presbítero es preciso retornar al principio de este mismo capítulo donde aparece el fragmento de Papías en el que, al parecer, hace distinción entre dos Juanes: de uno habla en tiempo pasado y del otro en tiempo presente. En realidad, varios eruditos, entre ellos Farrar, Salmón y Zahn, sostienen que Papías habla de un solo Juan; con todo, la lectura más natural del fragmento da a entender la existencia de dos personas distintas11. Es posible que algunas de las dificultades e inconsistencias propaladas por escritores en afirmaciones posteriores, se deban a que confunden los dos Juanes.

No faltan tampoco quienes sostienen que el Evangelio de Juan en griego es una traducción de un original arameo. Entre los que así abogan .están los Profesores C. F. Burney y C. C. Torrey. La tesis está formulada con gran erudición; pero hasta el presente no se ha podido probar que todo el Evangelio tenga origen arameo. El argumento aparece más convincente cuando trata los discursos de Jesús. Cuando el Profesor G. R. Driver analiza la obra de Burney que se titula Aramaic Origin of the Fourth Gospel (El Origen Arameo del Cuarto Evangelio), 1922, indica que los argumentos más convincentes de Burney ocurren en los pasajes en que aparece ipsissima verba del Señor y de otras personas (véase The Original Language of the Fourth Gospel [El Idioma Original del Cuarto Evangelio], reimpreso del Jewish Guardian [El Guardián Judío], correspondiente a enero 5 al 12 de 1923), pero aunque la evidencia aparece más sólida en este aspecto, también existen indicios de originales arameos en otras narraciones y pasajes meditativos.

La teoría de un origen arameo del Evangelio incide también sobre la fecha de su composición. Si el griego ha de datarse entre los años 90 al 100, el arameo tiene que ser anterior. El Profesor C. C. Torrey sostiene que el Evangelio fue compuesto en Palestina, no más tarde que el año 50 necesariamente, que fue vertido al griego muchos años más tarde, probablemente en Éfeso, y que el traductor le agregó el capítulo 21 (Our Translated Gospels, págs. ix, x). El Dr. Vacher Burch sostiene que el original arameo del Cuarto Evangelio, que él da por terminado en 19:35, debe haber sido escrito antes del año 70, si no “cerca de la época de la crucifixión de Jesucristo” (The Scripture and Message of St. Johns Gospel [La Escritura y Mensaje del Evangelio de San Juan], 1928, págs. 225 y sig.), y el Dr. D. M. Mclntyre agrega: “Parecería más correcto decir que muchas de las grandes verdades conservadas como reliquias en el Evangelio, fueron comunicadas oralmente para adaptarlas a auditorios de una época muy temprana” (Some ‘Notes on the Gospels [Anotaciones sobre los Evangelios], pág. 46).

Todo cuanto hemos venido diciendo indica que las evidencias se inclinan favorablemente hacia la apostolicidad del Evangelio, ya sean internas o externas. ¿Cuáles son, entonces, las dificultades? A la objeción de que un sencillo pescador no podría producir una obra de pensamiento tan profundo, no se le puede dar mucho crédito. El autor de las epístolas paulinas era fabricante de carpas, a pesar de su entrenamiento rabínico, porque entonces se consideraba que el rabino debía ganarse la vida con el esfuerzo de sus manos. Juan, el hijo de Zebedeo, no tuvo la preparación rabínica y por eso, junto con Pedro, el Sanedrín los consideró como “hombres ignorantes y sin instrucción”, “laicos ignorantes” se diría en la actualidad (Hechos 4:13); pero Juan había sido discípulo de un Maestro nada común y era muchacho joven, sin duda, cuando se produjo la muerte del Señor, lo que quiere decir que tuvo mucho tiempo por delante para desarrollar sus capacidades mentales y espirituales. Recordamos que en Inglaterra tuvimos un hojalatero en Bedfard que demostró poseer capacidades poco comunes para la literatura espiritual. Estamos seguros que el lector comprenderá que nos referimos a Juan Bunyan y a su obra inmortal El Peregrino.

Tampoco es objeción seria a la genuinidad de las palabras que el evangelista adjudica a Jesús el hecho de que ellas son expresadas en el mismo estilo en que narra los dichos de Juan el Bautista y los suyos propios. Es preciso recordar que esos discursos son traducciones de un original oral, si es que no de un original arameo y que, como antecedente, es probable que un discípulo que había penetrado tan profundamente en la mente del Señor, se viera influenciado por el estilo del Señor al punto que colorara toda cuanto escribiera. Debido a este detalle, resulta difícil, a veces, decidir dónde terminan las palabras de Cristo y comienzan las del discípulo.

Pero el problema del Cuarto Evangelio se agudiza cuando se lo compara con los Sinópticos. Parece diferir de ellos en detalles geográficos, cronológicos y de estilo pero, contrariamente a las afirmaciones fáciles de ciertos escritores, lo cierto es que no existen divergencias esenciales en asuntos teológicos12. Cuando Juan presenta a Jesús como Mesías e Hijo de Dios, no hace más que dar énfasis a la otra presentación que aparece en las capas sinópticas más antiguas. Pero Juan no da énfasis sobre la Deidad a expensas de la verdadera Hombredad de Cristo: se cansa en el viaje a través de Samaria; llora en la tumba de Lázaro y tiene sed mientras pende de la cruz (Juan 14:6; 11:35 y 19:28).

La variedad geográfica aparece porque los Sinópticos describen un ministerio que es casi exclusivamente galileo, mientras que Juan coloca en Jerusalén y Judea la mayor parte de las actividades del Señor. Pero esta no es una dificultad insuperable. Juan conoce el ministerio de Galilea (véase Juan 7:1), y los Sinópticos confirman, implícitamente, el relato joanino del ministerio jerosolimitano. Según ellos, el dueño del asno que mora en una villa cercana a Jerusalén conoce a Jesús (Marcos 11:3-6); el propietario de una posada, que vive en Jerusalén, lo espera para la Pascua (Marcos 14:12-16), y en el lamento que pronuncia sobre Jerusalén declara: “¡Cuántas veces quise juntar tus hijos!” (Mateo 23:37; Lucas 13:34). Está fuera de toda duda que Juan conoce los otros tres Evangelios. En la mayoría de los casos no los repite sino que, más bien, los suplementa.

Las diferencias cronológicas tienen también una explicación fácil. El ministerio de Galilea que describen los Sinópticos dura un año, más o menos; pero Juan lo lleva aún más lejos porque coloca el ministerio de Cristo en la región sur del país, anterior a la prisión de Juan el Bautista. En su gran obra The Chronology of the Public Ministry of Jesús (La Cronología del Ministerio Público de Jesús), 1940, el Dr. George Ogg coloca el año del ministerio de Galilea en el marco joanino comprendido entre los capítulos 5 al 7, y lo hace terminar en la Fiesta de los Tabernáculos de Juan 7:2. La actividad de Jesús al sur de Palestina, anterior al ministerio de Galilea, arroja luz sobre varios episodios de los Sinópticos. Cuando leemos, por ejemplo, la narración sinóptica del llamado de Pedro, Andrés, Santiago y Juan, a la luz de Juan 1:37 y siguientes, comprendemos que ya se habían encontrado con Jesús antes de estar en la compañía de Juan el Bautista. Y, en lo que se refiere a los sucesos que Juan coloca después del ministerio galileo, el Profesor Maurice Goguel demuestra que Lucas y Juan concurren en terminar el ministerio galileo justamente antes de la Fiesta de los Tabernáculos que precedió a la Pasión.

Jesús no llegó a Jerusalén unos días antes de la Pasión sino

durante la Fiesta de los Tabernáculos, en el mes de

septiembre u octubre, v permaneció allí hasta la Fiesta de la

Dedicación, en diciembre. Después se retiró a Perea, pero al

mismo tiempo se mantuvo en contacto con los discípulos que

estaban en Jerusalén. No regresó a la capital hasta pocos

días antes de la Pascua, “seis días antes”, dice Juan (12:1),

esto es, alrededor del mismo tiempo en que los Sinópticossitúan

su llegada (Vida de Jesús, 1933, pág. 400).

Lo cierto es que, como los Sinópticos apenas consignan en sus narrativas algún dato cronológico, no pueden existir diferencias entre ellos con Juan al respecto. “La hierba verde” que Marcos menciona en 6:39 al describir la alimentación de los 5.000, concuerda en un todo con la afirmación de Juan 6:4 en el sentido de que el incidente tuvo lugar antes de la Pascua del 17 de abril del año 29. Como Juan alude a ciertos períodos festivos, provee el marco cronológico, y ciertos investigadores que se rehúsan a aceptar como histórico el retrato de Cristo que Juan ofrece, se muestran dispuestos a aceptar el marco cronológico. Existe cierta dificultad en reconciliar la cronología de la Semana de Pasión que presenta Juan con la que narran los Sinópticos; pero es de tal naturaleza que podría solucionarse si estuviéramos mejor enterados bajo qué condiciones se celebraba la Pascua en aquellos tiempos. Poseemos varios datos que indican que el año en que tuvo lugar la crucifixión del Señor, los saduceos observaron la Pascua un día más tarde que los fariseos13.

También se exagera la forma en que Jesús se expresa en los Sinópticos y en Juan, y por ahora referimos al lector a lo que exponemos en el capítulo VIII sobre este mismo asunto. Es indudable que existe una diferencia, pero que se debe, en parte, al medio ambiente distinto. En los Sinópticos Jesús conversa la mayoría de las veces con los campesinos de Galilea; en el Cuarto Evangelio disputa con los dirigentes religiosos de Jerusalem o conversa en la intimidad del círculo de los discípulos. No debemos ceñirlo a un estilo determinado. Los mismos moldes poéticos que aparecen en los Sinópticos, recurren en los discursos joaninos (véase The Poetry of our Lord, por C. F. Burney). Los Sinópticos y Juan concurren en adjudicar a Jesús su afirmación tan característica, “De cierto os digo”, que es, literalmente, Amén, con la diferencia que Juan siempre repite el “Amén”. Y en los Sinópticos nos encontramos hasta con alguna fraseología típicamente joánica. En Juan el Señor habla de su Padre como “del que me envió”. La misma frase aparece en Marcos 9:37 cuando dice, “El que a Mí recibe, no recibe a Mí, sino al que me envió” (véase Mateo 10:40 y Lucas 9:48), que son casi las palabras idénticas que hallamos en Juan 12: 44 y 13: 20. Los pasajes de Mateo 11: 27 v Lucas 10:22 llaman más aún la atención: “Todas las cosas me son entregadas de mi Padre: y nadie conoció al Hijo, sino el Padre; ni al Padre conoció alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quisiere revelar”, palabras que han sido llamadas “un pedazo de roca joánica errática”14.

La mayor parte de los lectores de los Evangelios a través de las edades no se ha percatado que existan discrepancias fundamentales entre el Cristo que habla y el Cristo que actúa en el Cuarto Evangelio y el que habla y actúa en los Sinópticos, y hasta existen quienes creen que Juan los conduce a una apreciación más honda y más completa de la mente de Cristo que la que encuentran en los otros tres Evangelios. El Dr. W. Temple dice que “los Sinópticos proporcionan algo así como una fotografía perfecta. Juan, en cambio, ofrece un retrato más perfecto” (Reading in St. Johns Gospel [Lecturas en el Evangelio de San Juan], 1940, pág. xvi). Tenemos buenas razones, y suficientes, para aceptar y creer como válidas las palabras del pasaje 19:35 para todo el Evangelio, que son palabras que testifican la veracidad del testimonio ocular del autor acerca de la muerte del Señor: “Y el que lo vio, da testimonio, y su testimonio es verdadero: y Él (el Cristo resucitado)15 sabe que dice verdad, para que vosotros también creáis”.

Temas relaciondos

Tema # 1 ¿Son fidedignos los documentos del Nuevo Testamento?

Tema # 2 Los Documentos del Nuevo Testamento, su fecha y atestación

Tema # 3 El Canon del Nuevo Testamento

Tema # 4a Los Evangelios son fidedignos (los evangelios sinópticos)

Tomado del libro: ¿Son fidedignos los documentos del Nuevo Testamento?, escrito por F.F. Bruce

Notas:

5La teoría de que Juan sufrió el martirio también en época temprana, descansa sobre bases sumamente endebles. El veredicto del Profesor A. S. Peake es sólido: “Yo niego terminantemente el pretendido martirio del apóstol Juan. Ha ganado una creencia sorprendente en vista de las pobrísimas evidencias en que se pretende fundamentarlo, que provocarían risa si se adujeran para favorecer una conclusión del campo conservador” (Uolborn Review, de junio de 1928, p. 384).

6Hasta algunas de las narraciones ”milagrosas”, llevan la estampa de un ntestigo ocular. Por ejemplo, el Profesor A. T. Olmstead encuentra en su obra Jesús in the Light of History (Jesús a la Luz de la Historia), 194¿, que el relato de la resurrección de Lázaro, que aparece en Juan 11, tiene “todos los detalles circunstanciales de un testigo ocular convencido” (pág. 206), mientras que hasta el relato de la tumba vacía, que se halla en el capítulo 20, “es narrado por testigo ocular que no deja lugar a dudas: lleno de vida, sin que le falte un detalle al cual el escéptico pueda encontrarle una objeción justificada” (pág. 248).

7 El conocimiento preciso que Juan posee de las costumbres, creencias y métodos argumentativos de los judíos, hizo decir al fallecido Israel Abrahams, el gran rabino erudito, “Sin querer afirmar una fecha temprana para el Cuarto Evangelio, mi impresión general es que el Evangelio conserva como reliquia la tradición genuina de un aspecto de las enseñanzas de Jesús que no ha encontrado cabida en los Sinópticos”. Studies in Pharisaism and the Gospels (Estudios del fariseísmo y los Evangelios), 1917, i, pág. 12). Abrahams también dio énfasis “a la fuerza acumulativa de los argumentos que aducen los escritores judíos favorables a la autenticidad de los discursos del Cuarto Evangelio, especialmente aquellos relacionados a las circunstancias con las cuales se afirma que fueron pronunciados”, en Cambridge Biblical Essays (Ensayos Bíblicos de Cambridge), 1909, pág. 181.

8 Las únicas voces que parecen haber disentido en el segundo siglo son las de quienes no les agrado la doctrina del Logos que aparece en el Prólogo y, por consiguiente, negaron la apostolicidad del Evangelio adjudicándole a Cerinto, hereje que floreció a fines del siglo primero. Epifanio, obispo de Salamina de Chipre, 315-403, llama a esta gente alogoi, lo que quiere decir que no solamente rechazaban la doctrina del Logos sino que, también, ellos estaban desprovistos del logos, en el sentido de “razón”. Parece ser que el ilustrado Gayo, de Roma (alrededor del año 200), fué la única persona de influencia que se relacionó con ellos. Gayo fué hombre ortodoxo de la iglesia, con excepción de que rechazó el Cuarto Evangelio y el libro de Revelación. Aparte de los alogos, parece que este Evangelio fué aceptado generalmente en el segundo siglo por parte de los ortodoxos y de los herejes igualmente.

9 La copia griega de la cual fué traducido el Prólogo latino que tenemos en la actualidad, contiene un error del escriba, exoterikois en vez de exegetikois.

10 Esta referencia a Marción es uno de los puntos con que el Dr. Roberto Eisler inicia ia teoría curiosa que propone en su obra titulada Enigma of the Fourth Gospel (El Enigma del Cuarto Evangelio), 1938.

11 Un erudito tan eminentemente ortodoxo como S. P. Tregelles no vaciló en constatar dos Juanes en el pasaje. New Testament Historie Evidence, (Evidencia Histórica del Nuevo Testamento), 1851, pág. 47. Véase también Essays on Supernatural Religión, pág. 144. Pero no necesitamos metamorfosear al obscuro “Juan el Presbítero” y convertirlo en un genio irreconocible, como tiene que haber sido si es que son veraces algunas teorías críticas recientes.

12 En el Evangelio de Juan obtenemos una impresión distinta de la revela¬ción que hace de sí mismo el Señor de la que aparece en los Sinópticos. En éstos esa revelación parece que surge mucho más tarde que en Juan. Sin embargo, esta no es una dificultad insuperable, porque como bien dice ei Profesor C. E. Raven: “Resulta perfectamente natural que en el trato que Jesús mantuvo con la gente más sencilla y revolucionaria de Galilea, se negara a blasonar su mesíanismo, en vista del concepto que Él tenía del mismo”. (Jesús and the Gospel of Love, pág. 216). (La lectura de los capítulos vii y vii que el Dr. Raven dedica al problema del Cuarto Evangelio, rendirá grandes resultados a quien los estudie).

13 Véase W. M. Christie, Expository Times, xiii (1931-32), págs. 515 y sig.; Palestine Calling (1939), págs. 129 y sig. O dicho más simplemente, es posible que Juan emplee el término “Pascua” en una forma más amplia que los Sinópticos, y que incluya parte de la semana siguiente a la de los festejos.

14En la colección siria de himnos cristianos, del siglo primero, que se conoce por el nombre curioso de Odas de Salomón, encontramos también pensamientos y dicción muy semejantes a los del Cuarto Evangelio.

15Se trata del enfático pronombre griego ekeinos que en la Primera Epístola de Juan siempre se refiere a Cristo. Véase a A. S. Peake, Critical Introduction to the New Testament, 1909, pág. 191.

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