La doctrina que Jesús enseñó (Parte 2)


Esta es la continuación del último artículo de este tema (Salvación por Señorío). Más abajo puede acceder a todos los artículos.

EL SERMON DEL MONTE (Mateo 7:13-14)

Tal como lo explica MacArthur, “la salvación es una elección que cada persona debe efectuar, pero no es solo una decisión momentánea en el sentido en que, a menudo, la consideramos…en la culminación de todo lo que tenia para decir en el Sermón del Monte, el Señor demanda que cada persona elija entre seguir al mundo por el camino de fácil transitar, o seguirle a él por el camino difícil. En ninguna otra parte de la Escritura encontraras una definición más clara del evangelio según Jesús” (p. 180).

MacArthur enseña que “Cristo es la puerta; Él es el camino (página 181). Por primera vez en su libro finalmente llega a mencionar el evangelio tal como lo define Pablo en 1 Corintios 15. Acertadamente observa “que es la única base de la salvación. La muerte de Cristo sobre la Cruz pagó el precio por nuestros pecados (1 Corintios 15:3), y su resurrección revele que había conquistado la muerte (1 Corintios 15:20)” (p. 181).

Aún así, MacArthur insiste en que “entrar por la puerta estrecha no es fácil. El señala que, cuando se le preguntó: “Señor, ¿son pocos los que se salvan?”, el Señor respondió: “Esforzaos a entrar por la puerta angosta” (Lucas 13:23). Luego agrega que la palabra griega traducida “esforzaos” implica “una lucha agonizante, intensa, con un propósito” (p. 182). “El reino de Dios no es para personas que quieren a Jesús sin ningún cambio en sus vidas. Es solo para aquellos que lo buscan de todo corazón, aquellos que agonizan por entrar. Muchos de los que se acercan a la puerta, al descubrir el costo se alejan. No sea que alguna persona objete que esto es salvación por el esfuerzo humano, recuérdese que es solamente la capacitación de la gracia divina la que otorga el poder a una persona para que atraviese la puerta. En el quebrantamiento de un arrepentimiento concedido divinamente, en la pobreza de un espíritu humilde conferido divinamente, el poder de Dios se convierte en la fuente” (p. 183).

MacArthur es inexorable en cuanto a que “la salvación requiere una transformación total…produce un cambio de vida (p. 183). …Cuando una persona se convi­erte en creyente le declara la guerra al infierno, y el infierno devuelve el ataque. El seguir a Cristo puede costar la vida misma de una persona—ciertamente costará la vida de uno en el sentido espiritual. Necesitan solicitarlo los quebrantados de corazón y comprometidos” (p. 185).

No hay duda que, al final del Sermón del Monte, el Señor coloca dos puertas delante de la gente, dos caminos que conducen a dos destinos. Tal como lo declara MacArthur, Cristo es la puerta y el camino, pero asume que el “esforzarse” para entrar es una referencia en cuanto a agonizar por cambiar el estilo de vida de uno. Esto no tiene por que ser verdad en absoluto. La manera de entrar es confiar en Jesucristo. La idea de esforzarse es la de, buscar con vehemencia hacerlo, conver­tido en una prioridad, y evitar ser indiferente en cuanto a ello. La idea que Jesús establece es la de esforzarse para entrar, lo cual se hace por la fe, no esforzarte para que cambies tu vida. ¿Esforzarte para cambiar tu estilo de vida no sería salvación por el esfuerzo propio?

EL SERMON DEL MONTE (Mateo 7:21.23)

Jesús advirtió que no todo el que dice “Señor, Señor”, o que inclusive hace milagros poderosos, entrara en el reino de los cielos (Mateo 7:21-22). Él les dirá, “nunca os conocí…hacedores de maldad” (Mateo 7:23), y no hicieron la voluntad de mi Padre que está en los cielos (Mateo 7:21). El comentario de MacArthur sobre este pasaje es que lección aquí es que, si una persona vive una vida injusta de desobediencia, no importa lo que digas, o las buenas cosas que haya hecho, es un incrédulo en peligro de condenación eterna. Esta es una advertencia muy fuerte, pero es una parte indispensable del evangelio según Jesús”. Por medio de eso, quiere decir que una persona que dice sin hacer, y escucha sin obedecer, no es creyente (pp. 189-192). “Esta es una repetición final del tema central del Sermón del Monte—que aquellos que no manifiestan una justicia genuina no entraran en el reino de los cielos” (p. 192).

Debemos admitir que las personas a las cuales Jesús les habló en Mateo 7:21-23 practicaban el libertinaje, pero ese no era el problema radical de ellos. Su problema fundamental era que no habían hecho “la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 7:21) y, consecuentemente, nunca habían conocido a Cristo (Mateo 7:23). La pregunta es: ¿Cuál es la voluntad de mi Padre que está en los cielos?”

Esa es una frase poco común en el Nuevo Testamento. La Escritura habla a menudo de la voluntad de Dios, pero solo raras ocasiones acerca de la voluntad del Padre. Jesús mismo nos dice: “Y este es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero. Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en el, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero” (Juan 6:39-40). La voluntad del Padre es creer en el Hijo y, así, conocerle. Esa es la idea de Mateo 7:21-23.

Obsérvese cuidadosamente que MacArthur está enseñando que obedecer a Cristo es una parte “indispensable” (p. 189) del evangelio. MacArthur define al que obedece come “el que considera la responsabilidad, el que entiende a que se está comprometiendo, y quiere hacerlo bien. Este es el hombre que oye y obedece” (Mateo 7:24) (p. 194). Aunque MacArthur dice repetidas veces que no cree en la salvación por obras, lo que dice en este capítulo, como así también en otros lugares del libro, suena come que si cree. Lo que escribe es, en su mejor aspecto, descui­dado y confuso, y en Io peor del mismo, la salvación por obras. El sí dijo que alguien lo acusaría de enseñar la salvación por obras (pagina xiii). Con seguridad uno puede ver por qué pensó eso.

DISCIPULADO

La tesis de MacArthur es que “cada creyente es discípulo” (p. 196). Cualquier distinción entre creyente y discípulo es “puramente artificial” (p. 196), y un llamado al discipulado cristiano definitivamente demanda “dedicación total”. Es una consagración plena sin guardarse nada de manera consciente o deliberada” (p. 197). Lo que sigue es un poco confuso. En cierto momento parece estar argumentando que estos son requisitos del discipulado o condiciones de la salvación. Por ejemplo, dice: “Nuestro Señor aún les enseñó que implicaba la fe de ellos en la salvación, y les recordaba constantemente del compromiso que habían hecho cuando escogieron seguirle a Él”  (p. 198). Por otra parte, señala que discipulado significa confesar a Cristo delante de los hombres, y luego pregunta: “¿Significa eso que la confesión delante de los hombres es una condición para convertirse en un creyente verdadero?

No, pero quiere decir que una característica de todo creyente genuino es que él o ella si confiese a Cristo delante de los hombres… La confesión es una obra humana; es impulsada por Dios, subsecuente al acto de creer, pero inseparable del mismo. Nuevamente, es una característica de la fe verdadera, no una condición adicional de la salvación” (pp. 198, 199).

El niega que la confesión sea una condición para convertirse en creyente, pero declara que es “inseparable” del hecho de creer. ¡A menos que el “creer” no sea necesario para la salvación, esto es una confusión total!

La falacia en el argumento de MacArthur es que no hay diferencia entre ser “creyente” y “ser discípulo”, entre la filiación y el discipulado. Pero la Escritura enseña que, en el momento en que una persona cree, se le da la dádiva de la vida eterna (Juan 3:16; Juan 3:37, etc.). Ser discípulo es algo totalmente diferente. La palabra griega traducida “discípulo” quiere decir aprendiz, alumno. Cuando se utiliza para designar a un aprendiz de Cristo, el término tiene una variedad de significados. En un sentido, su significado evoluciona. Al principio, se usa en un sentido general con relación a cualquier persona que aprende de Cristo (Mateo 8:21; Lucas 16:17; Juan 4:1). Aparentemente, algunos de estos discípulos ni siquiera eran salvos (Juan 6:60-66). Todos estos aprendieron de Cristo, pero no viajaron con Él. La palabra discípulo también se utiliza específicamente con relación a los doce apóstoles que abandonaron sus ocupaciones y viajaron con Cristo (Mateo 4:18-20; Mateo 10:1; etc.). Así que, en los evangelios, un discípulo era cualquier persona, desde un simple aprendiz que no confiaba en Cristo hasta un compañero constante que viajaba con Él.

Algunos, obviamente, no aprendieron mucho; por lo tanto, Cristo tuvo que definir que era un verdadero aprendiz, es decir, un discípulo genuino.

Para aprender realmente, una persona debe hacer más que llamarse estudiante y escuchar a un maestro. Hay una vasta diferencia entre anotarse en una clase y verdaderamente aprender la lección. En el caso de aprender de Cristo, uno debe comenzar confiando en él (Juan 8:30). Pero simplemente confiar en Cristo para la vida eterna no garantiza que esa persona aprendiera de él; por eso, “…Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en Él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra serás verdaderamente mis discípulos” (Juan 8:31). La palabra traducida “verdad­eramente” quiere decir “realmente”. El verdadero discípulo no es solo uno que ha confiado en Cristo (Juan 8:30), sino uno que también ha comenzado a obedecer los mandatos de Cristo (Juan 8:31). En otras palabras, Jesús les dijo a los que creyeron y por lo tanto, tenían vida eterna: Ahora bien, si realmente quieren aprender, deben continuar en mi Palabra, es decir, obedecerme. Hay, pues, una diferencia entre ser “creyente” y ser “discípulo”.

Debería ser claramente obvio que hay una diferencia entre ser creyente y ser
discípulo. En el momento en que una persona confía en Cristo, se le otorga el don de la vida eterna (Juan 4:10 Romanos 6:23). Es justificado “gratuitamente” (Romanos 3:24; Apocalipsis 22:17). Por otra parte, ser discípulo tiene un precio (Lucas 14:28). Esto no es una paradoja, es una simple declaración de hecho.

Si aun existe alguna duda en cuanto a que haya una diferencia entre ser creyente y ser discípulo. Considérese cuidadosamente Mateo 28:19, 20. Unido al mandato de “hacer discípulos aparecen tres verbos: ir, bautizar y enseñar. El ir incluye presentarles a Cristo a las personas (comparar Marcos 16:15, 16). El bautismo identifica al creyente con el cuerpo de creyentes, tal como  un anillo de bodas identifica a la persona como casada. Enseñar es, por supuesto, instrucción. El proceso del discipulado, pues, involucra la presentación de Cristo a la persona, la identificación con el cuerpo de Cristo, e la instrucción en los mandatos de Cristo. Para decir lo mismo de otro modo, para que una persona sea discípulo, debe confiar en Cristo, ser bautizado, y comenzar a obedecer sus mandamientos. Si ser discípulo es lo mismo que ser creyente, entonces, para ir al cielo uno debe ser bautizado y obedecer los mandatos de Cristo.

SEÑORÍO

MacArthur afirma que “ciertamente la palabra Señor significa deidad donde­quiera que la Escritura, en conexión con el mensaje del evangelio, denomina a Jesús `Señor’. La verdad de que Cristo es Dios es un componente fundamental del mensaje del evangelio. Ninguna persona que niegue la deidad de Cristo puede ser salva (1 Juan 4:2, 3)” (p. 208). Luego dice que “pero en la idea de deidad esta inherente la autoridad, el dominio y el derecho de mandar. Una persona que vive en rebelión contra la autoridad de Cristo no lo reconoce como Señor en ningún sentido (comparar Tito 1:16)” (p. 208, 209). Insistiendo pues, en que el señorío “involucra las ideas de dominio, autoridad, soberanía y el derecho a gobernar”, MacArthur defiende que en la frase “confiese que Jesús es Señor de Romanos 10:9, está implícita la idea de que “la persona que se allega a Cristo para la salvación debe hacerlo en obediencia a Él, es decir, con una disposición a someterse a Él como Señor” (p. 207).

La palabra “Señor” en el Nuevo Testamento tiene una variedad de significados, incluyendo “señor”, “dueño”, “amo”, y “Dios”. Cuando se utiliza en relación a Cristo, frecuentemente significa “Dios”. La razón de esto, y la prueba de esto, es simple. En el Antiguo Testamento, los judíos no pronunciaban el nombre personal de Dios. En lugar de eso, decían “Señor” (Jehová). En la Septuaginta, la traducción griega del Antiguo Testamento, el término “Señor” se utiliza para el nombre de Dios; así que, la palabra “Señor” simplemente significa Dios. Al llamar a Jesucristo “el Señor Jesucristo”, el Nuevo Testamento le está atribuyendo deidad. Esa no es solo la opinión de los dispensacionalistas.  Están de acuerdo no menos que todos estos: el obispo Westcott, B. B. Warfield, J. Gresham Machen y, más recientemente el artículo en el Nuevo Diccionario de Teología Neotestamentaria (para citas y referencias véase El Señorío para Salvación ¿Es Bíblico? de G. Michael Cocoris, pp. 13,15). Tal como llegué a la conclusión en ese folleto sobre Señorío para Salvación publicado en 1983:

La idea es que el Nuevo Testamento está defendiendo que Jesucristo es Señor, es decir, que él es Dios y que como el Dios-hombre, es nuestro Salvador. La palabra “Señor”, en la frase “Cree en el Señor Jesucristo”, no se diferencia de un equivalente moderno tal como “pon tu confianza en el Presidente Reagan”. El término “Presidente es su título. Indica su posición y su capacidad para cumplir sus promesas. En forma similar, el término “Señor”, cuando se aplica a Jesucristo, indica su posición como Dios y, por lo tanto, su capacidad para salvarnos y concedernos la vida eterna (p. 15).

Quizá sería útil una ilustración. Utilizando el método de MacArthur, alguien podría decir que “Tenemos que creer en el Señor Jesucristo. El significado de Cristo es que Él es el futuro Rey davídico del reino. Por lo tanto, la implicancia es que, si no crees en Cristo como el futuro rey, no puedes ser salvo”.

Ni los términos que Jesús utilizó, ni la doctrina que enseñó, pueden sustentar la conclusión de que el evangelio según Jesús era el señorío para la salvación. Mas bien, Jesús mismo dijo: Todo el que cree en el unigénito tiene vida eterna (Juan 3:16).

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Un comentario en “La doctrina que Jesús enseñó (Parte 2)

  1. Paco Cermeño Riwes

    Gracias primeramente al merecedor de la gloria y la alabanza, posteriormente a ustedes por estar tan entregados en el ministerio, atesorando el “oro”, la “plata” y las “piedras preciosas” para que cuando sean pasados por la prueba del fuego ante Él, prevalezcan, y les sea entregada la corona de justicia por el mismo Señor Jesucristo.
    Dios los bendiga.

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