Sofonías, el profeta negro


Hace algunos años una de las cosas que he visto en el recorrer de mi ministerio es la actitud racista que tienen muchos hermanos y hermanas en Cristo. Algunos pensaran que me estoy refiriendo a los Estados Unidos o a Sud África, pero no me refiero a América Latina, y en especial a la iglesia de Centroamérica Recuerdo que durante mi pastorado en una iglesia urbana de Guatemala, mi esposa de nacionalidad salvadoreña tiene mucha atracción por la ropa típica guatemalteca. Un día decidió comprarse un precioso vestido típico e ir a la iglesia con el. No se imaginan el escándalo de muchas hermanas, por que el  hecho de que una “ladina” (o citadina) se atreviera a rebajarse a usar un vestido de una “india”. He descubierto mucha preferencia por el color de la piel entre los evangélicos. Cuando un niño recién nacido es blanquito, la gente dice: “hay que lindo el niño, que chelito es (chelito es la expresión salvadoreña para blanquito) que bonito! Pero si el niño es de color morena, nadie dice nada. Incluso algunos piensan que Adán era blanco, ¿pero quién dice eso? La Biblia ni siquiera insinúa el color de Adán, y para serle sincero si era de barro distaba mucho de ser blanco. (¿y que si el barro era negro como el Gautajiagua, un pueblo de Morazán, en  El Salvador).

Lo curioso es que los creyentes muchas veces piensan que los personajes bíblicos todos son de la raza blanca.

Les digo que resulta  extraño  incluso imaginar a un profeta negro caminando por las calles de Jerusalén, predicando mensajes de parte de Dios, pidiendo a los israelitas que se conviertan a Yahvé, y amenazando con duros castigos en caso contrario.

Pero fue así. ¿Y saben? se llamaba Sofonías, y es uno de los profetas fundamentales de la historia de Israel, ya que fue el gran promotor de la reforma religiosa más grande jamás llevada a cabo por el pueblo judío. Reforma que estableció las bases de la unidad nacional, que configuró toda la religión judía posterior, y que influyó hasta en la creación y formación de la Biblia. ¡Ningún otro profeta pudo conseguir tanto!

Sus anuncios y predicciones nos han llegado gracias a un librito (más bien un folleto) de apenas 53 versículos, que lleva su nombre, y que se encuentra en el Antiguo Testamento.

Sofonías había nacido en Jerusalén, capital del país, alrededor del año 660 a.C. La Biblia lo presenta como “hijo de Cushí, hijo de Guedalías, hijo de Amarías, hijo de Ezequías” (Sofonías 1,1).

Semejante cantidad de antepasados es un detalle sorprendente. De otros profetas ni siquiera sabemos el nombre del padre; en cambio de Sofonías conocemos hasta el tatarabuelo. Esto lo convierte en el profeta con genealogía más extensa de toda la Biblia.

¿Por qué el libro hace tanto alarde de su parentela?

Porque su familia guardaba un extraño secreto. En efecto, el padre de Sofonías se llamaba Cushí, es decir, era oriundo de Cush. Y en la Biblia, Cush es el nombre de Etiopía, país del África, situado al sureste de Egipto. Como sus habitantes eran de raza negra, se usaba la palabra “cush” (que en hebreo significa negro, oscuro) para referirse al país; y “cushita” para sus habitantes. Incluso el nombre actual de Cush, que es Etiopía, significa “cara quemada” (del griego aitho = quemar y ops = cara).

La abuela paterna de Sofonías (es decir, la esposa de Guedalías) parece haber sido africana. De ahí que su padre, el “cushita”, también lo fuera. Pero no era algo insólito. Desde tiempos antiguos, grupos de cushitas (o etíopes) se habían instalado entre los judíos, y convivían con ellos. Incluso la esposa de Moisés parece haber sido cushita (Números  12,1). También el rey David tenía soldados cushitas en su ejército (2 Samuel  18,21). Y la Biblia menciona por los menos dos cushitas más, contemporáneos de Sofonías (Jeremías 36,14; 38,7).

El color tan oscuro de su piel llamaba la atención a los israelitas. Esto se ve en un famoso discurso, pronunciado por Jeremías contra los pecadores de Jerusalén, donde les dice: “¿Puede un cushita cambiar su piel? ¿Puede un leopardo quitarse las manchas? Pues tampoco ustedes, acostumbrados a obrar mal, pueden hacer el bien” (Jeremías 13,23).

Sin embargo, es admirable el respeto con el que la Biblia habla de ellos. Los presenta como miembros de una nación grande y rica (Job 28,19), comercialmente desarrollada (Isaías 45,14), orgullosos de su nacionalidad (Salmo 87,4), buenos guerreros (Ezequías 38,5), bravos jinetes (Jeremías 46,9), amados por Dios (Salmo 68,32) y respetados por Él (Ezequiel 29,10).

Intriga en sus Apellidos

Pero a la hora de presentarse, Sofonías se vio en problemas. Todo buen judío solía citar a su padre como signo de pertenencia a una familia tradicional, distinguida. Y Sofonías no podía aparecer simplemente como “el hijo del Negro”. Su ascendencia extranjera podía despertar sospechas, y él tenía que predicar a la nación israelita; tenía que hablar en nombre Yahvé. Entonces, para evitar suspicacias, decidió agregar a su árbol genealógico tres abuelos más, todos con nombres judíos, y portadores del nombre de Yahvé: Guedalías (= Yahvé es grande), Amarías (= Yahvé me ha hablado) y Ezequías (= Yahvé es fuerte).

De este modo, si el nombre de su padre despertaba alguna suspicacia, sus otros abuelos disipaban toda duda y lo mostraban vinculado a familias entregadas a Jehová. Además, el cuarto nombre de la serie era Ezequías. Y éste había sido uno de los reyes más grandes de Jerusalén. Al leer, pues este currículo, los lectores se preguntaban: ¿era su tatarabuelo el gran rey Ezequías, o era sólo alguien que se llamaba igual? El libro no lo aclara. Quizás a propósito, para crear un halo de intriga y de grandeza alrededor de su persona.

Pero de lo que no queda ninguna duda, es de que Sofonías era un auténtico judío, descendiente de fervientes devotos seguidores de Jehová, buen conocedor de la religión judía, y espiritualmente capacitado para predicar las profecías que Dios estaba a punto de revelar.

La época de tinieblas

Debió de haber sido alrededor del año 640 a.C. cuando el joven Sofonías comenzó su carrera profética. Tenía 20 años, y cosas graves estaban sucediendo en su país. Acababa de morir el rey de Jerusalén, Amón, asesinado por su propia guardia real. En su lugar reinaba su hijo Josías, de apenas 8 años. Como era menor de edad, gobernaba en realidad un Consejo, formado por familiares, ministros y tutores.

Pero eso no era lo más grave. Desde hacía más de cincuenta años el país atravesaba por una época de postración, conocida como “la época de las tinieblas”, debido a los dos reyes anteriores.

El primero, Manasés, había gobernado el país por 55 años. Durante ese tiempo introdujo en Judá toda clase de religiones y cultos paganos: construyó altares a los dioses cananeos, practicó la invocación a los muertos, la adivinación, el espiritismo y la hechicería, implantó la prostitución sagrada, y llegó a quemar a su propio hijo en honor del dios amonita Milkom (2 Reyes 21,3-8). Hasta en el Templo de Jerusalén se adoraban estas divinidades, mientras nadie se acordaba de Yahvé.

A la corrupción religiosa le siguió la injusticia social: ricos que se apropiaban de las tierras de los pobres, comerciantes fraudulentos, jueces sobornados, dirigentes inmorales. Fue tal la corrupción, que la Biblia presenta a Manasés como el peor de todos los reyes de Jerusalén (2 Reyes 21,11). Algunos profetas levantaron su voz para denunciar sus abusos, pero el rey hizo matar a todos, “inundando Jerusalén de punta a punta con ríos de sangre inocente” (2 Reyes 21,16).  Lo sucedió su hijo Amón, tan malvado como su padre. Sólo alcanzó a reinar dos años, antes de que los oficiales de la corte lo mataran.

Su mensaje

Cuando subió al trono Josías, estaba claro que el país necesitaba una profunda reforma, en todos los aspectos: político, social, económico, religioso. Y Dios llamó al joven Sofonías para que se encargara de impulsarla. Sofonías debió de haber sentido un escalofrío ante el pedido divino. Todos los que habían hablado antes que él, habían sido asesinados. Pero luego pensó que su nombre (Sofonías significa “Dios me protege”) era una señal de que Dios estaba a su lado y lo cuidaría, de modo que aceptó la invitación divina.

Su palabra rompió 60 años de silencio profético. Desde la muerte de Isaías, más de medio siglo antes, ningún otro profeta había vuelto a hablar en Jerusalén. Sofonías, entonces, empezó a recorrer las calles de la ciudad, gritando a viva voz los mensajes que recibía de Dios.

Fuente: La Casa del Padre

Origen: Instituto de Cultura y Fe (Por: Ariel Álvarez Valdés)

Puedes ver: ClaiLatino

 

 

2 comentarios en “Sofonías, el profeta negro

  1. Rafael Crespo

    Ya que menciona la “Prostitución sagrada”. Eso se me parece mucho a la realidad de un grupo que profesa en cierta Iglesia Dominante en Los paises occidentales, apodada la Gran Ramera. Esta, segrega los sexos de sus discípulos en apariencia, pero lo que ocurre detrás de sus muros es aberrante. Denunciado en un libro hoy en día vetado, de titulo “El Profeta Negro” que no tiene que ver con Sofonias. Pero que sacó a la luz las inmundicias y la verdadera cara de esta gran “Iglesia” que es la dominante en los países de Europa, y América.

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s