La Psicología del Movimiento de Fe


Por coincidencia, mis parientes de ambos lados familiares provienen de la misma región de Estados Unidos de la que son los fundadores del Movimiento Palabra de fe. Cada país tiene sus regiones distintas, que comparten el mismo acento y ciertos patrones de pensamiento.

Estoy muy familiarizado con la cosmovisión de la región centro-occidental. Puedo a veces detectar a una persona que ha sido criada en dicha región, aunque haya perdido su acento, pues sus actitudes y formas de percibir la realidad, la delatan.

No me ha sorprendido descubrir actitudes típicas de centro-occidente reflejadas en las enseñanzas de Palabra de fe. La mentalidad de sus fundadores es tan clásica de esa región, que aun cuando no hubiera sabido su procedencia, la habría adivinado sin dificultad alguna.

No todos sus adherentes muestran estas características, ni estos comentarios constituyen evidencias objetivas. Pero ciertas tendencias se notan en sus libros y sermones de manera tan destacable que valen la pena subrayarlas.

Extremismo

El extremismo ve la realidad en blanco y negro. Todas las cosas tienden a ser absolutamente correctas o puramente incorrectas.

El extremista categoriza a la gente de manera similar. Para él todos son buenos o malos, llenos de fe o completamente incrédulos. Siente que hay una sola forma correcta de hacer cualquier cosa. La idea de que pueda existir más de una manera o, de que un punto de vista esté parcialmente correcto o incorrecto, no cabe con facilidad en la mente de un extremista.

Para el extremista, si el Señor prospera a los piadosos, algo malo debe haber en quien no es rico. Si alguien enferma y Dios no le sana, debe ser por pecado o falta de fe. Interrogantes más allá de eso son innecesarios.

Seria muy conveniente si la realidad operara de manera acorde. Pero no es así. En efecto, ni Dios actúa así. ¿Se ha dado cuenta de que cada vez que pensamos haber descubierto la fórmula espiritual perfecta, Dios hace algo para mostrarnos que no es así? Así crecemos. Cuando las cosas no salieron como pensábamos, buscamos a Dios y descubrimos nuevas verdades.

Un pastor responsable no cerrará los ojos ante los problemas de la gente, solamente porque sus fórmulas no funcionaron de acuerdo al plan. Tampoco tachará a la gente de insinceros o ignorantes.

La ley más elemental para razonar e investigar en cualquier campo o dominio humano, espiritual o secular, funciona bajo el siguiente principio: si un fenómeno no se conforma a la teoría aceptada, se debe investigar hasta saber por qué. Dios usa este proceso natural para guiarnos a un nuevo entendimiento. Pero a veces cerramos nuestra mente de una manera necia, actuando irresponsablemente hacia nosotros mismos, hacia los demás y hacia Dios.

Anti-intelectualismo

“¿No es preferible pertenecer a un grupo de predicadores incultos llenos del Espíritu Santo que a uno de teólogos áridos?” decía un predicador en la grabación. “Bueno, sí —pensé—, cualquier cristiano preferiría estar en el primer grupo, lleno del Espíritu Santo, sin tomar en cuenta el grado de educación.”

Sin embargo, agradezco mucho que esa no sea la única opción que tengo. ¿Qué tal la siguiente?: ¿Entre cuáles quisiera estar: entre un grupo de predicadores incultos llenos del Espíritu Santo o uno de teólogos llenos del Espíritu Santo?

Para algunos del movimiento esta última opción es imposible. ¿Por qué? Por el fenómeno del anti-intelectualismo.

Esta postura sostiene que el intelecto es poco válido en la búsqueda y evaluación de la verdad. El corazón es bueno y malo para la cabeza. La razón se opone a la fe o al menos es un obstáculo. La educación es peligrosa para el crecimiento espiritual. Así son las actitudes que tipifican el anti-intelectualismo.

Durante la primera mitad del siglo XX, hubo gran cantidad de avances científicos y, junto con ellos, también fueron proclamadas teorías pseudocientíficas, como por ejemplo, la teoría de la evolución. En las universidades predominaba la enseñanza de las filosofías materialistas y humanistas. La teología liberal también mostró gran crecimiento.

Por todo lo expuesto, se produjo un clima poco manejable para muchos cristianos y, en vez de sostener su postura y derrotar tales ideas en sus propios términos, casi todos se retiraron del área del pensamiento e intelecto. Solo el “corazón” interesaba (pero sin definir exactamente qué se entiende por corazón) y como resultado, surgió una ola de anti-intelectualismo entre los evangélicos.

Esta postura es también un aspecto del pensamiento místico. Para el místico, la razón es un medio innecesario para la verificación de la verdad. Tal vez no lo exprese en estos términos, pero en su corazón, lo piensa así.

Es imprescindible aceptar la validez de la razón para evaluar las verdades. Sin eso, ningún pensamiento puede ser válido, incluyendo el cristianismo. Al rechazar el valor de la razón, ni siquiera podemos evaluar las verdades bíblicas. No se puede usar el intelecto para descalificar su propia validez.

El anti-intelectualismo nunca es válido. Por definición, se invalida solo. Aun cuando puede ser expresado en términos muy “espirituales” y sonar muy santo, siempre es un error.

Aunque nuestra razón sea válida, nuestro nivel de conocimiento puede no serlo, especialmente cuando es conocimiento fuera de los límites de la creación material, es decir del campo espiritual. Pues, ¿cómo se puede saber si alguna información que llega desde fuera de la creación es correcta?

Para saberlo es necesario un estándar con el cual se pueda establecer un juicio. Tal norma debe ser racionalmente congruente consigo misma y con el criterio para establecer un juicio: solo la Biblia llena estos requisitos y puede ser el estándar para la revelación tanto de la verdad como del conocimiento.

Por eso afirmamos que cualquier supuesta revelación espiritual que nos urge a pasar por alto la razón, también está urgiéndonos a obviar la Biblia.

Además, se hace evidente que la doctrina de Palabra de fe se coloca ingenuamente en manos del existencialismo y humanismo secular. Estos afirman que el cristianismo es una creencia sin base racional. Ambos declaran que existe una dicotomía irreconciliable entre la fe y la razón. Para estos la fe es creer algo sin evidencias, o en contra de ellas. Significa un paso no racional, abandonando por total la facultad humana de razonamiento.

La fe, vista de esa manera, no es bíblica. La fe bíblica es un paso lógico de confianza, basada en un Dios siempre congruente consigo mismo. Es decir, que la fe, en el verdadero sentido cristiano, no puede ser vaciada de su contenido racional.

En todos los demás puntos, el humanismo y la Palabra de fe son contrarios. Pero concuerdan en su definición de fe. El humanista puede señalar a los cristianos y manifestar: ¡Ahí está! Los mismos cristianos admiten que su fe no es racional. ¡Así se ve su falsedad!

Misticismo cristiano

Un cristiano místico es aquel que basa su percepción de la realidad en la subjetividad y en experiencias internas que él piensa provienen de Dios, en vez de basarse en hechos objetivos (como por ejemplo el análisis de las Escrituras).

Este tipo de creyente solo acepta los hechos que son consistentes con lo que él cree haber recibido de Dios. Si los hechos no son consistentes con sus impresiones internas, los descarta y continúa proclamando lo que imagina haber escuchado de Dios.

Todos los creyentes experimentamos impresiones subjetivas del Espíritu Santo. Con el tiempo aprendemos cómo responder a ellas. Pero, todos los teólogos cristianos concuerdan en que es anti-bíblico basar las doctrinas en algo externo a las Escrituras. Desafortunadamente, existen otros espíritus que tratan de influenciarnos: el diablo existe. De allí, la razón de que debemos basarnos en un estándar externo como medida de las cosas, es decir, la Biblia.

Algunos líderes del Movimiento Palabra de fe siguen ese mismo patrón de misticismo. Después de haber leído unos 40 de sus libros, me es evidente que ellos no llegan a sus creencias por medio del escudriñamiento de las escrituras. Todos mencionan algún tipo de “conocimiento revelado” como base de sus posiciones. Buscan versículos después para confirmar tales revelaciones.

En vista de que un análisis escritural serio no fue lo que les convenció desde el principio, es casi imposible convencerles de sus errores por medio de las Escrituras. Perciben sus revelaciones con un entendimiento superior.

El místico eventualmente se vuelve una victima de su propio pensamiento, ya que si confesara que los hechos prueban su error, esto le ocasionaría una tremenda duda en todas las creencias de su vida y ministerio. El precio que tendría que pagar por cuestionar sus propios métodos se vuelve demasiado elevado. Hay demasiado en juego, demasiada realidad que afrontar.

Descarta a todas las personas y hechos en contra. El místico se dedica a vivir el resto de su vida en una burbuja psicológica irreal pero segura, construida por él mismo. La gente que no concuerda con sus ideas, es tachada como “incrédula” y aquellos que le dicen que han puesto a prueba sus enseñanzas, sin ningún resultado, son vistos como personas que se engañan a si mismas.

Pragmatismo

Si algo suena bien, se siente bien y funciona bien, debe ser lo correcto. Esta fórmula parece ser la seguida por muchos cristianos de hoy, para llegar a sus posturas doctrinales.

El pragmatismo se basa en la premisa de que si algo funciona bien en la vida, debe ser verdad. Esta actitud, tan profundamente basada en la cultura estadounidense, es producto de nuestra historia.

Cuentan que un pastor entró cierta noche a una reunión de cristianos y encontró a varios de ellos jugando a la ouija. Cuando les advirtió: “¿No saben que eso está mal?,” le contestaron: “¡Pero funciona!” No fue fácil para el pastor llegar a persuadirles de que el hecho de que funcionara no lo hacía bueno.

Las fórmulas espirituales dan resultado si son verdaderas, pero el hecho de que algo funcione no constituye evidencia de verdad. Puede darse el caso de que la razón que parece funcionar sea un espíritu falso, como en el juego de la ouija. La evidencia de la verdad espiritual es la Biblia y nada más. Por esa razón, el que un individuo sea próspero en su vida no prueba nada de nada.

Culto a los héroes

“Bueno, si toda su doctrina es errada, ¿Cómo se explica que estos maestros tengan ministerios tan grandes?,” me preguntaba el anciano de una iglesia.

Para él, este argumento era devastador. Y yo, en verdad me sentí devastado por un momento. No porque la pregunta fuera de difícil respuesta, sino por pensar que una persona de ese rango en la iglesia, pudiera considerar eso como un argumento convincente.

Muchas sectas falsas tienen ministerios en gran escala, entre ellos los mormones, testigos de Jehová y otros. El “ministerio” del Papa es muy grande también. El tamaño de un ministerio nunca prueba que sea portador de la verdad.

Indudablemente que un líder muy conocido y respetado causa gran impacto psicológico. Las buenas cosas que ha hecho en el pasado tienden a darle un aire de credibilidad a las que dice en el presente.

Pero incluso un hombre bueno puede decir cosas erradas y malas. Pedro es el ejemplo clásico, cuando dijo e hizo varias cosas más bien tontas, incluso después de Pentecostés. Pablo tuvo que reprenderlo, en Gálatas capítulo 2.

Pedro tenía una excelente reputación en la Iglesia, sin embargo lo encontramos haciendo ciertas necedades que podía haber puesto en peligro el futuro de la iglesia. Pablo lo corrigió para bien de todos.

Algunos hombres buenos empiezan bien, pero terminan haciendo necedades; esto no los transforma en malas personas, simplemente en seres falibles, como lo somos todos.

En los Estados Unidos, nuestra tendencia a rendir culto a los héroes ha llevado a que algunos líderes de personalidad encantadora sean puestos en alta estima, sin que realmente lo merezcan. Algo similar puede ser el caso de estos maestros de la Palabra de fe.

Artículo escrito por: Rev. Roger L. Smalling, D. Min. Reproducido con autorización.

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