Soberanía o sufrimiento (Parte 2)


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¿Cómo es el Dios verdadero?

El Dios de la Biblia es soberano. Controla absolutamente todas las cosas. Él hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes
de la tierra (Daniel 4:35). De esto concluimos que Dios no está bajo ninguna obligación de prestar atención a las protestas de nuestro “libre albedrío” con respecto al proceso de santificación.

Ahora que sabemos la doctrina de la soberanía de Dios, ¿Dónde nos deja esto? Estamos tratando de explicar cómo contestar el dilema del sufrimiento de los buenos sin culpar a Dios. Hemos probado que Dios hace como le place, y nada ni nadie lo limita. ¿No es esto empeorar al dilema? Parece que si. Al finalizar el análisis veremos que no.

Hay cristianos bien intencionados que tienden a negar la soberanía de Dios para resolver el dilema de un Dios bueno y un mundo malo. Sin embargo, estos cristianos no consideran la posibilidad de que Dios no quiere librarse del dilema. Quizás tenga un propósito con tal dilema y no quiere que nadie se lo quite.

Muchos cristianos consideran esta solución completamente aceptable. Sugieren que Dios nos ha delegado parte de Su autoridad y que las respuestas a todos nuestros problemas yace en nosotros mismos. Sus manos están efectivamente atadas en cierta manera, a menos que actuemos en su favor. Así parece que el dilema está resuelto y podemos abandonar la discusión y olvidarnos del problema.

Pero hay un elemento suelto que nos obliga a revisar esta explicación. Si Dios ha entregado una parte de Su soberanía al hombre, entonces no merece toda la gloria. Debemos determinar exactamente qué porcentaje de Su gloria le ha cedido al hombre. Solo así sabremos a qué grado podemos adorarle. Después de todo, no queremos darle toda la gloria si nosotros tenemos parcialmente el control. Eso no sería justo, ¿verdad?

Si Él le ha dado veinticinco por ciento de Su soberanía al hombre, entonces deberíamos adorar a Dios un setenta y cinco por ciento y al hombre un veinticinco por ciento. O podemos alterar 2 Corintios 1:24 diciendo: “Porque por el setenta y cinco por ciento de la fe en Dios estáis firmes. He aquí el otro veinticinco por ciento te pertenece a ti.”

En lugar de llamarlo el Todopoderoso, tendríamos que llamarlo el “Casi poderoso.” Perdóneme todo este sarcasmo, pero es claro que negar la soberanía de Dios nos conduce a un dilema peor.

El error básico aquí está en fallar al distinguir la diferencia entre autoridad compartida y abandono de autoridad. Es como una cuenta corriente conjunta. Si usted añade el nombre de otra persona a la cuenta, eso no le quita la autoridad para firmar los cheques, ni está limitado a la aprobación de la otra parte. Si usted quiere, puede arreglar el asunto de tal forma que los otros necesiten su aprobación, sin necesitarlos para nada. Perfectamente legal y lógico.

¡Qué tremendo error imaginar que Dios ha renunciado a cualquier parte de Su autoridad solo porque la comparte con algunas de Sus criaturas!

He observado a cristianos que poseen un entendimiento sólidamente bíblico de la soberanía de Dios. Atraviesan las pruebas con más facilidad y rara vez preguntan: “¿Por qué permitiste esto?” Entonces, ¿Cuáles son las opciones cuando confrontamos una prueba dura? Tenemos tres, y solo una es la correcta.

Opción uno: Acusar a Dios de injusto por meternos en problemas.

Todas las pruebas espirituales consisten en estar aparentemente abandonados por Dios. Si este sentimiento estuviera ausente, dejaría de ser una prueba válida.

Un arma potente para pasar exitosamente a través de las pruebas, es saber que estas son inevitables. No se preocupe, saber esto no es una confesión negativa. La realidad es así. Pedro nos advirtió: “Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciese…” (v. 12).

Culpar a Dios nos da solamente un sentimiento de alivio temporal y superficial… como cuando estamos tratando de extinguir un fuego arrojándole palos de madera.

Opción dos: Someterse pasivamente a la aflicción como la voluntad de Dios, puesto que Él es soberano y pudo haberla prevenido.

Esta reacción es casi tan peligrosa como la anterior. Algunas religiones se aprovechan de este razonamiento para mantener a los oprimidos en sujeción.

En Jueces 3:2 leemos que Dios dejó a los enemigos en la tierra sabiendo que ellos atacarían a Israel. ¿Por qué hizo eso? Porque quería que los israelitas aprendieran a luchar.

Suponga que los judíos hubieran asumido que Dios estaba enseñándoles a ser humildes. Pudieron haberse acostado en las calles y sumisamente dejar que los carros pasaran sobre ellos. Habrían aprendido la humildad correctamente, pero esa no era la lección que debían aprender. Algunas veces Dios le permite al diablo atacar al creyente para que este aprenda defenderse.

Recuerdo la historia de un joven estudiante de la Biblia, que sufrió pruebas severas por varias semanas. Nada le salía bien. Todo el mundo se peleaba con él. Una depresión constante lo consumía. Una noche, estando solo, súbitamente gritó: “iSatanás!, en el nombre de Jesús, ¡fuera!” La paz lo cubrió. Se dio cuenta de que Dios le estaba enseñando el arte de la autodefensa espiritual.

Someterse pasivamente a toda prueba y aflicción no es bíblico, es más, es peligroso.

Opción tres: Someterse a Dios pero resistiendo la aflicción, aun si sabe que Dios en su soberanía la permitió.

Desde el punto de vista de algunos, nunca en la historia de la humanidad ha existido un aguijón tan agudo como el de Pablo. Algunos dicen que era una enfermedad. Otros dicen que no.

Al enfrascarse en estas disputas, los cristianos pierden los puntos principales de la lección. Si para Dios eso fuera muy importante, el texto señalaría claramente lo que era el aguijón. Observemos algunas reacciones de Pablo con respecto a su aguijón:

Primero, nunca paró de enfrentar su aflicción. Él peleó. Tan simple como eso.

Segundo, observe la forma en que peleó. Fue con oración humilde y persistente. Él le pidió a Dios que se lo quitara. No se lo ordenó, ni trató de manipular a Dios. Hizo algo mejor que eso: simplemente oró. Nunca trate de manipular a Dios. Cada vez que lo intento, recibo reprensiones del Señor.

Note también que Pablo oró más de una vez sobre su problema. Algunos han pensado que es falta de fe orar dos veces por la misma cosa. Pablo no pensaba así. Si mi carro no arrancara al primer intento, lo intentaría otra vez hasta que arranque.

La forma como Pablo trató este problema demuestra que el resultado final dependía de la soberanía del Señor.

Indudablemente, si Dios le hubiera dicho a Pablo que la solución era pararse de cabeza y clamar: “Salve al Rey”, él lo habría hecho, porque estaba dispuesto a hacer lo que el Señor le dijera que hiciera, aun si eso fuera no hacer nada.

En efecto, “no hacer nada” es exactamente lo que el Señor le dijo que hiciera: “Bástate mi gracia.” Aun más, Pablo no perdió su santa agresividad. Aceptó esa gracia y la aprovechó para glorificar a Cristo.

Alguien me preguntó acerca de la diferencia entre un ataque satánico y una prueba divina. Realmente no importa. Puesto que Dios es soberano, ambas circunstancias son siempre lo mismo. Dios le permite al diablo atacarnos porque desea que nosotros lo derrotemos. Si no fuera por el diablo, la Iglesia sería perezosa y los cristianos aprenderían poco.

El libro de Job ilustra esto con claridad: Dios afirmaba la sinceridad de Job, mientras que Satán la negaba. Esto resultó en una prueba de la integridad de Job, siendo Satanás la causa inmediata y activa, y Dios la causa final y pasiva.

Vemos entonces que tanto Satanás como Dios usaron los mismos eventos    pero con intenciones opuestas. La diferencia, entonces, entre un ataque satánico y una prueba divina, no está en los medios sino en los propósitos opuestos. Satán quiere probar lo peor de nosotros, y Dios desea probar lo mejor. Así que es un desperdicio de tiempo tratar de encontrar cuál es cual. Simplemente sométase a Dios y presente batalla ante la aflicción.

“En todo esto no pecó Job, ni atribuyó a Dios despropósito alguno” (Job 1:22).

Algunas veces la esencia de la prueba espiritual gira alrededor de una pregunta: ¿Cuál es la calidad de nuestro amor? Amamos a Dios porque hace cosas buenas por nosotros. Pero en el reino de Dios esta clase de amor es inferior. Él quiere que nosotros le amemos por lo que es y no por lo que nos da. Esto implica una elección mental más que emocional. En tiempos de prueba es necesario hacer este tipo de elecciones.

Lo anterior nos da ciertas pautas para atravesar pruebas ordinarias pero, ¿qué acerca de las verdaderas tragedias, como la pérdida de un ser amado o un accidente con consecuencias terribles? Estas desgracias difícilmente pueden ser catalogadas como “pruebas.”

Un trágico accidente ocurrió durante nuestra conferencia misionera en Ecuador, en 1981. Un camión que transportaba a casi una docena de jóvenes se volcó debido a un error del conductor, que era una dama misionera. Fue un milagro que nadie muriera, pero un niño de ocho años quedó lisiado de su pierna derecha. La misionera estaba confusa y se sentía culpable. Pocos días después del accidente, ella me hizo la inevitable pregunta: “¿Por qué Dios lo permitió?”

Yo esperaba esa pregunta, así que quise estar preparado con una respuesta. Haciendo a un lado mi propia frustración, le respondí con otra interrogación: “Aun si Dios nos diera la respuesta, ¿aliviaría eso el dolor del niño o el tuyo? No siempre tenemos explicaciones a las tragedias, pero tenemos la promesa de Romanos 8:28.” Para mi gran sorpresa, esa respuesta le dio mucho alivio a la dama.

A veces lo único que tenemos es una promesa de Dios. Pero si la creemos, veremos que es suficiente para nuestro consuelo.

Los cristianos con un firme asimiento a la soberanía de Dios atraviesan las pruebas y tragedias mucho más fácil que aquellos que dudan de ella. Esta verdad ha sido el bastión de los santos en todas las edades y a medida que avanzamos a los tiempos finales, debemos asirnos a ella tenazmente.

No se imagine que soy un sufridor experto porque proclamo estas verdades. Admiro a aquellos hermanos dulcemente pasivos, que aceptan las dificultades con una quietud reposada. ¿Son así por gracia o es realmente el resultado de una predisposición natural del temperamento? Sería dudoso si todos mis lectores fueran así. En lo personal, prefiero las rabietas.

Para mi disgusto, descubrí muy temprano que Dios permanece inmóvil ante mis protestas. Él continúa la prueba de todas maneras. Aparentemente, podemos añadir tenacidad a Su lista de atributos. Él parece determinado a bendecirnos con cualidades morales que no sabíamos que eran parte del convenio cuando aceptamos a Cristo.

Lamento no haber resistido las pruebas pasadas de manera más victoriosa. Espero hacerlo mejor en el futuro. Sería muy simple si solo pudiéramos hallar la forma de quitarle al sufrimiento ese pequeño detalle: iel dolor! Aparte de eso, el sufrimiento sería completamente tolerable.

Lo digo para aclarar que conocer unas pocas verdades acerca de nuestras pruebas y su relación con nuestro soberano Señor, no aliviará el dolor, ni contestará todas las preguntas. Aún dolerá. Pero al menos se vuelven tolerables cuando entendemos que hay significado y propósito detrás de ellas.

Estoy dolorosamente consciente de que los puntos de vista que he compartido no logran explicar bien la expresión “Dios es un Dios bueno.” Sería un tonto si pensara eso.

Así que dejemos el asunto a los pies de Dios, donde Él quiere que esté. Sigamos con humildad, sabiendo que Él es mayor que cualquier concepto que podamos alguna vez imaginar acerca de Él.

Artículo escrito por: Rev. Roger L. Smalling, D. Min. Reproducido con autorización.

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