Soberanía y Sufrimiento (Parte 1)


Miré entre la multitud esperando bajo la carpa. El gentío usual: una mezcla interesante de caras latinoamericanas, desde niños hasta ancianos. Unos pocos adolescentes se escondían tímidamente en las sombras, temerosos de ser vistos por sus amigos. Muchos escucharon el rumor de que los “gringos” estaban exhibiendo películas bajo la carpa. En este pueblo no había ninguna sala de cine y pocos tenían televisores, lo que hacía nuestra campaña evangelística el mejor espectáculo del momento. Esta típica multitud sudamericana tenía una cosa en común. Ninguno había escuchado una exposición clara del Evangelio. Lo que yo iba a predicar en los próximos minutos tenía que ser simple y claro. Comencé diciendo: ¡Dios es un Dios bueno!

Cuando declaré esto, me di cuenta de que aquellos que serían salvos esa noche, enfrentarían pruebas en los meses venideros. Sería necesario ayudarlos a entender quién es Dios y lo que significa “bueno.” Supe también que este proceso de aprendizaje no es fácil. Cuando la gente comienza a madurar en Cristo, pronto se da cuenta de que la definición de la palabra “bueno” no es tan obvia como pensaba previamente. Al fin y al cabo, el convertido sufre un revés, una enfermedad en la familia o un problema financiero. Él aprende de la Biblia que Dios es Todopoderoso. ¿Por qué, entonces, Dios no resuelve este problema? Sus amigos le dicen que el diablo lo causó. ¿Significa esto que Dios no tiene control sobre el diablo?

Muy pronto la brigada local de la fe informa al convertido que el problema es debido a su falta de fe. Le dicen que es su culpa. El nuevo convertido se pregunta: ¿Depende todo de mí? Pero no se siente capaz de enfrentar el problema.

En resumen, el convertido se encuentra ante el viejo dilema: la soberanía de Dios y el sufrimiento de los justos. ¿Es posible responsabilizar a Dios aun cuando continuemos amándolo y confiando en Él? El único problema con el lema “Dios es un Dios bueno,” reside en un posible malentendido de la palabra “bueno.” A veces pensamos que el vocablo “bueno” es equivalente a “lo que nos agrada”. Sin embargo, Dios tiene otra cosa en mente. ¿Es lo que nos agrada realmente el bien mayor? o ¿Es que Dios tiene en mente algo más importante que lo que nos agrada?

“Bueno”… ¿Quién lo define?

Algunas personas suponen que la prioridad más alta de Dios es el bienestar del hombre. Por lo tanto, definen “bienestar” en términos de beneficios: Salud, riqueza, paz y seguridad. No obstante estamos totalmente engañados si imaginamos que hay alguna verdad en estas afirmaciones. Hay al menos dos cosas más importantes para Dios. Veamos una de ellas en Romanos 8:28-29: “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados. Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos.”

Notemos en este texto que el propósito definitivo de Dios es que seamos conformes a la imagen de Cristo. La prioridad más alta de Dios es la santificación. Llegar a ser como Cristo es nuestro bien mayor, no nuestra comodidad. Esta prioridad es tan alta que Dios aun nos puede hacer temporalmente infelices para que al final tengamos una felicidad suprema. Recientemente, leí un comentario que me chocó grandemente: “La meta final de la santificación es nada.” Después de recuperarme del impacto, tuve que aceptar esta aseveración. La santificación es la meta, y Dios nos ama mucho como para renunciar a su compromiso de santificarnos. La santidad no tiene propósito más allá de sí misma. Nuestra felicidad es un resultado de nuestra santificación.

Se deduce, entonces, que Dios define el término “bueno” como todo aquello que produce santidad en nosotros. Todos los demás principios de la Escritura están subordinados a esto. Considerando ello, es menos sorprendente que los cristianos experimenten pruebas y sufrimientos. Dudoso sería que los creyentes no sufrieran más de lo que sufren.

Otra consideración, y acaso la de mayor importancia, es la gloria de Dios.

Considere lo siguiente: Dios creó al hombre conociendo perfectamente que este caería. ¿Por qué? Romanos 9:21 sugiere la respuesta: “¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?” (NVI). La más alta prioridad de Dios es revelar Su naturaleza. El bienestar del hombre es secundario. La historia completa de la redención, la salvación y la condenación, es el escenario en el cual Dios despliega Sus atributos.

C.S. Lewis trajo a la luz el extraordinario pensamiento de que Shakespeare estuvo equivocado cuando dijo: “El mundo es un escenario y nosotros somos los actores.” A medida que miramos más de cerca el escenario descubrimos que Dios es el protagonista principal y no nosotros. Él es el único sobre el escenario, y nosotros somos meramente el telón. La gracia no podría existir sin un pecador. Una hermosa flor no podría crecer sin el abono más elemental el que, por cierto, es tan repulsivo. Pero, ¿Existe la gracia para la mayoría? difícilmente! Si usted les hace el mismo favor a todos, entonces esta actitud llega a ser una política general en lugar de un favor. Una vecina, por ejemplo, nos trae pan fresco hecho en casa, como un signo especial de amistad. Si ella le hace eso a todo el mundo, ya no sería un favor especial. La ira de Dios tampoco podría existir sin el pecador. Para mostrar justicia tiene que haber alguien a quien juzgar. Para creer que Dios nos santificará conforme a su propósito debemos reconocer que Dios es soberano y que no puede fracasar. Las opciones son claras: Él es soberano o no lo es.

Hubo una época no muy lejana, en la historia de la iglesia, en la cual si una persona cuestionaba la soberanía de Dios era considerada herética. Aun hoy, hay personas que afirman que las manos de Dios están atadas a menos que alguien ore. Tales declaraciones son una blasfemia porque la Biblia dice: … Él hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, y no hay quien detenga su mano, y le diga: ¿Qué haces? (Daniel 4:35). Nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho (Salmos 115:3). … Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero (Isaías 46:10). Entonces, ¿Depende Dios del libre albedrío del hombre? Revisemos algunos ejemplos bíblicos.

Nabucodonosor

Este rey pagano de Babilonia cometió tres errores graves. Primero: Se hizo un dios de oro (Daniel 3). iQué actitud tan típicamente humana! El hombre quiere un Dios a quien pueda manipular, y vivir libre de reprensiones por sus pecados. Hoy la gente es más creativa. En lugar de usar oro, simplemente usa su imaginación e inventa sus propios dioses. Segundo: Usó cada medio a su disposición para conseguir que otros adoraran a su dios falso. (Es algo bueno que Nabucodonosor no tuviera radio ni televisión. Él pudo haber tenido éxito.) Tercero: Atribuyó las obras del Todopoderoso a su dios (Daniel 4:30). El Dios verdadero lo llamó loco. ¿Qué hizo Dios al respecto? Dios tocó el interior de Nabucodonosor y le quitó la razón, el libre albedrío y todo. Lo dejó como una bestia por siete años. ¿Necesitó Dios el permiso de Nabucodonosor para hacer eso? ¿Necesitó las oraciones de alguien para llevarlo a cabo? Después de siete años, cuando Dios tuvo a bien, le devolvió su mente. ¿Qué aprendió Nabucodonosor de esta experiencia cuando recuperó su razón? “… y él hace según su voluntad en el ejército del cielo, y en los habitantes de la tierra, y no hay quien detenga su mano…”

El anticristo y las diez naciones

¿Quién controlará la mente del Anticristo… el falso profeta, la gran bestia y las diez naciones durante los tiempos finales? ¿El diablo? Porque Dios ha puesto en sus corazones el ejecutar lo que él quiso: ponerse de acuerdo, y dar su reino a la bestia, hasta que se cumplan las palabras de Dios (Apocalipsis 17:17).

Los enemigos de Jesús

… a este, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios… (Hechos 2:23).

¿Creyeron los apóstoles en la soberanía de Dios con las acciones y la voluntad del hombre?

… y dijeron: Soberano Señor, tú eres el Dios que hiciste el cielo y la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay… verdaderamente se unieron en esta ciudad contra tu santo Hijo Jesús, a quien ungiste, Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y el pueblo de Israel, para hacer cuanto tu mano y tu consejo habían antes determinado que sucediera (Hechos 4:24,27,28).

¿Controló Dios a los egipcios?

Y he aquí, yo endureceré el corazón de los egipcios para que los sigan; y yo me glorificaré en Faraón y en todo su ejército… (Éxodo 14:17).
Al examinar estos ejemplos bíblicos vemos que Dios puede controlar todo, incluso la voluntad humana.

Miles de cristianos hoy en día, no saben que Dios es soberano. Alaban una parodia del Dios verdadero que tiene las manos atadas. Tal concepto de Dios proviene de la cultura moderna humanista en lugar de los conceptos bíblicos. Se puede llamar a este el “dios falso” de la cristiandad moderna. Según el “Movimiento de la prosperidad,” Dios tiene las siguientes características: Sus manos están atadas al menos que alguien ore. Está sujeto a un conjunto de leyes espirituales superiores a Él mismo. Depende del libre albedrío humano para actuar. Es incapaz de detener a sus rebeldes criaturas que frustran Sus planes tomándolo por sorpresa. Recompensa a los hombres con dinero, en proporción directa a la fe que ellos tienen. No está realmente al control de este mundo. No es soberano. Por mucho que tal dios agrade a la naturaleza humana, tiene un defecto fatal: iNo existe!

Continúe leyendo la segunda parte acá

Artículo escrito por: Rev. Roger L. Smalling, D. Min. Reproducido con autorización.

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