La Biblia es la Palabra de Dios… su transmisión


Continuamos con el estudio de ¨La Biblia es la Palabra de Dios…¨, en este momento estaremos enfocándonos en el tema de su transmisión. Hemos hablado de la revelación e inspiración de la Palabra de Dios, así como del canon bíblico; ahora tocaremos el tema de cómo fue transmitiéndose de generación en generación.

No tenemos el manuscrito original de ninguno de los libros de la Biblia. Tan sólo este hecho, hace necesaria una investigación cuidadosa del texto tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. ¿Nos asiste la razón para creer que tenemos una copia auténtica y fidedigna de cada uno de los 66 libros del canon sagrado?

El Texto del Antiguo Testamento

Afortunadamente es nuestro privilegio vivir en la edad de los descubrimientos arqueológicos. Hubo un tiempo cuando algunos eruditos insistían que era imposible que Moisés hubiese escrito el Pentateuco, ya que el arte de escribir era desconocido en esa fecha tan remota (alrededor de 1400 a.C.). Pero, como ha sucedido en muchos otros casos, la arqueología ha callado para siempre tal argumento

En Ur y Nipur de Mesopotamia se han excavado miles de tabletas de arcilla, cuya antigüedad alcanza hasta el año 2100 a.C. Es decir que tenemos tabletas del mismo lugar de procedencia de Abraham, inscritas en el mismo tiempo en que él vivió allí-y eso era medio milenio antes del tiempo de Moisés. Desde otro gran centro de civilización antigua nos han llegado manuscritos de papiro anteriores al 2000 a.C. Algunos de ellos son escritos que indican una fecha anterior al 3000 a.C. Es evidente que el arte de escribir es antiguísimo.

En 1929 se hizo un descubrimiento sorprendente en el sitio de la ciudad antigua de Ugarit, en la costa noroeste de Siria. Las excavaciones arqueológicas revelaron un edificio grande que contenía una biblioteca, una escuela de escribientes, y la casa del sacerdote principal del culto local. En la biblioteca se encontraron centenares de tabletas de una escritura extraña. Excavaciones posteriores (1952-53) desenterraron el antiguo alfabeto ugarítico, compuesto de 30 letras. Se piensa que la tableta en que fue escrita es del siglo 14 a.C., alrededor del tiempo de Moisés. El ugarit pertenece a la familia de lenguas semítas, y por lo tanto está relacionado con el hebreo. En su reciente comentario en dos tomos sobre el Libro de los Salmos en “The Anchor Bible,” (1966,1968) Dahood ha hecho considerable uso de muchos paralelos de la literatura ugarítica como ayuda en la comprensión de frases hebreas.

Moisés fue “enseñado en toda la sabiduría de los egipcios” (Hechos 7:22), habiendo recibido la educación que correspondía a la realeza, en la literatura del Egipto antiguo. Además, cuando los israelitas bajo Josué entraron en la tierra de Canaán, encontraron un alfabeto y una colección cuantioso de literatura en una lengua semita. De modo que había a mano las herramientas físicas necesarias para escribir el Antiguo Testamento.

En cuanto a materiales para escribir, los egipcios usaron rollos de pieles desde una fecha muy antigua. Se han descubierto manuscritos de ese material fechados alrededor del año 2000 a.C. Más tarde, el Talmud de los judíos requirió que todas las copias de la Ley fuesen escritas en pieles en forma de rollos. Esta regla está en vigencia todavía.

El Texto Pre-Masorético

Humanamente hablando, es imposible que persona alguna copie a mano un documento tan largo como la profecía de Isaías sin cometer algunos errores. Y debemos recordar que todas las copias del Antiguo y el Nuevo Testamentos fueron hechas a mano hasta mediados del siglo 15 (1456 d.C.). Eso quiere decir que algunos de los textos bíblicos han sido copiados por casi 3000 años, y todos ellos por mucho más de mil años. No era posible, sino hasta la edad moderna de la imprenta, producir un gran número de copias de un libro, y que todas ellas fuesen exactamente iguales.

De modo que no es nada sorprendente encontrar algunas diferencias en el texto de los manuscritos del Antiguo Testamento. Tenemos motivo, sin embargo, para una profunda gratitud por el gran esmero.. que tuvieron los escribientes hebreos al copiar sus Sagradas Escrituras. Ellos reconocieron que esto era una responsabilidad bien seria. En su estudio del Antiguo Testamento, R. K. Harrison dice: “En el período pre-cristiano inmediato, las autoridades judías se preocuparon mucho por conservar el texto del Antiguo Testamento en una forma tan pura como fuese posible. Tal preocupación fue motivada tanto por las variaciones en los manuscritos, como por las diferencias en el texto hebreo y el texto griego de la Versión Septuaginta.”[1] Es decir, ellos se esforzaron por corregir los errores que se habían introducido en el texto a lo largo de tan largos siglos.

En el siglo segundo de la era cristiana, el Rabí Aqiba procuró fijar el texto con exactitud. Se le atribuye el haber dicho que “la transmisión (massoreth) exacta del texto es una cerca para la Tora (la Ley).[2] Con el propósito de estudiarlo más minuciosamente, los escribas dividieron el texto hebreo en versículos.

El Texto Masorético

Alrededor del principio del siglo sexto los masoretas se hicieron cargo del trabajo de los escribas de copiar los manuscritos del Antiguo Testamento; se dedicaron a tal labor entre los años 500 y 1000 d.C. Ellos trabajaron con un cuidado escrupuloso. Tanto era así que para cada libro del Antiguo Testamento contaron el número de versículos, de palabras y aún de letras. ¡Llegaron al extremo de identificar la letra situada en el centro de cada libro! Al contar todas las letras podían asegurarse que ni una letra había sido agregada o quitada. Esto quiere decir que el texto fue copiado con un grado de exactitud como nunca antes.

Pero la contribución que hicieron los masoretas y que les dio mayor fama fue la adición de las vocales, pues el alfabeto hebreo tiene solamente consonantes. Es como si escribiéramos el primer versículo de Génesis como sigue (suprimiendo todas las vocales y reuniendo todas las consonantes):

NLPRNCPCRDSLSCLSLTRR

Es obvio que la combinación de tres consonantes, el número más frecuente en una palabra en hebreo, podría significar varias palabras distintas dependiendo de las vocales insertadas entre las consonantes. Por ejemplo, en castellano las consonantes 1-b-r podrían emplearse en ese orden en cuatro diferentes palabras por lo menos: labor, libré, libar, libro, ¡y aún liebre! Por supuesto en el hebreo el contexto indicaría generalmente cuáles vocales correspondían a una palabra, pero no siempre.

Pero hay un factor importante que tomar en cuenta. Parece que en los tiempos antiguos toda la lectura se hacía en voz alta. En todo caso, se leían las Escrituras cada sábado en las sinagogas, y antes de eso, en el tabernáculo y en el templo. Además los escribas leían la Palabra de Dios en voz alta cada día. En ese tiempo el método de instrucción en las escuelas era que el maestro leyera una frase de un rollo y que sus alumnos la repitieran después de él. De esa manera la gente se familiarizó tanto con el sonido como con el significado.

Sin embargo era inevitable que al paso de los siglos surgieran diferencias de opinión respecto a la pronunciación de determinadas palabras. Además, los escritos se equivocarían al copiar las consonantes. ¿Cuál era en verdad el texto, tradicional correcto? Los masoretas (palabra derivada de massora, “tradición”), intentaron la tarea importante de corregir el texto y establecer un texto fijo, normativo y autorizado. Para asegurar la pronunciación correcta era necesario indicar de alguna manera el sonido de las vocales. Así el texto de puras consonantes que se habían copiado por centenares de años, los masoretas añadieron los “puntos de vocales,” combinaciones de puntos y líneas debajo de las consonantes (y en un caso, arriba de la consonante). El texto que resultó se llama el Texto Masorético, que es el texto autorizado del Antiguo Testamento Hebreo que se estudia hoy en día. Gracias al extremo cuidado que emplearon los masoretas al copiar las Escrituras, este texto ha llegado a nosotros desde la Edad Media con muy poco cambio. Y desde el siglo quince han tenido una norma fija, gracias a la imprenta.

Los Rollos del Mar Muerto

Con todo, hasta hace poco tiempo el manuscrito hebreo más antiguo que teníamos era del comienzo del siglo diez (900 d.C.). ¿Cómo podíamos estar seguros que representaba el texto hebreo en uso en los días de Cristo o en los siglos antes de Cristo? Parecía imposible dar una respuesta cierta a esta pregunta perturbadora.

Pero como ha sucedido tantas veces en los últimos cien años de investigación arqueológica, por fin vino la respuesta. En 1947 se encontró un manuscrito completo del texto hebreo de Isaías. Los paleógrafos lo fechan alrededor del año 125 d.C. Así es mil años más antiguo que la copia más antigua de Isaías conocida hasta esa fecha.

La historia de ese descubrimiento es una de las más fascinantes de los tiempos modernos. En febrero o marzo de 1947 un joven pastor beduino, llamado Mahoma, buscaba una cabra extraviada. Tiró una piedra en un hueco en un acantilado al oeste del Mar Muerto, como a 13 kilómetros al sur de Jericó. Le sorprendió el sonido de jarras rotas. Investigando, vio algo sorprendente-una cueva con varias grandes jarras antiguas, dentro de las cuales había rollos de pieles, envueltos en tela de lino. Porque lar, jarras habían sido selladas cuidadosamente, los rollos se habían conservado en excelente condición por casi 1900 años. (Probablemente fueron colocados allí en el año 68 d.C.)

Cinco de los rollos encontrados en la Cueva I del Mar Muerto, como ahora se llama, fueron comprados por el arzobispo del Monasterio Sirio Ortodoxo de Jerusalén. Mientras tanto, otros tres rollos fueron comprados por el Profesor Sukenik de la Universidad Hebrea de esa misma ciudad. Más tarde, el arzobispo trajo sus cinco rollos a los Estados Unidos de América donde agentes negociaron su compra por el Estado de Israel por $250,000.00 (dólares). De manera que los ocho rollos de la primera cueva se exhiben ahora en Jerusalén en el Santuario del Libro, un edificio en forma de cueva, construido especialmente para guardarlos.

Cuando se descubrieron los rollos no se les dio ninguna publicidad. En noviembre de 1947, dos días después de que el Profesor Sukenik hizc la compra de tres rollos y dos jarras de la cueva, escribió en su diario: “Puedeser que éste sea uno de los más grandes hallazgos hechos en la Palestina, un hallazgo tan grande como jamás lo esperábamos.” Pero no se publicaron esas palabras significativas en ese tiempo.

Afortunadamente, en febrero de 1948, el arzobispo, que no podía leer el hebreo, llamó por teléfono a la Escuela Americana de Investigaciones Orientales en Jerusalén, y les contó de los rollos. Providencialmente, el director interino de la escuela en ese tiempo era un joven erudito, Juan Trever, que era a la vez un excelente fotógrafo aficionado. Con labor ardua y dedicada él sacó fotografías de cada columna del gran rollo de Isaías que tiene 24 pies de largo y lo pulgadas de altura.[3] El mismo reveló las fotografías y envió unas copias por vía aérea al Dr. W. F. Albright de la Universidad de Jolíns Hopkins, reconocido corno el decano de los arqueólogos bíblicos americanos. A vuelta de correo aéreo Albright le escribió: “¡Le extiendo mis felicitaciones más calurosas por el más importante descubrimiento de manuscritos de los tiempos modernos! ¡Qué hallazgo tan absolutamente increíble! … Y felizmente no cabe la más mínima duda respecto a lo genuino M manuscrito.” En su concepto, el manuscrito data aproximadamente del año 100 a.C.

Entre los otros manuscritos encontrados en la Cueva I había un comentario sobre Habacuc, y una “Regla de la Comunidad,” una clase de manual o disciplina para la comunidad religiosa. En 1950-51 la Escuela Americana de Investigaciones Orientales publicó esos dos, juntamente con el rollo de Isaías. En 1954 la Universidad Hebrea publicó tres manuscritos más de la Cueva I, inclusive un interesante documento intitulado, “La Guerra Entre los Hijos de Luz y los Hijos de las Tinieblas.” La terminología nos recuerda el Evangelio de Juan, y 1 Juan.

Los arqueólogos han investigado un total de 14 cuevas al oeste del Mar Muerto. Después de la Cueva I, el material más valioso se ha encontrado en las Cuevas IV y XI. La Cueva IV tenía miles de fragmentos de manuscritos, incluyendo porciones de todos los libros del Antiguo Testamento con excepción de Ester. Además había allí trozos de los Libros Apócrifos. Los libros favoritos de la comunidad eran Génesis, Deuteronomio, los Salmos e Isaías. Indudablemente son los mismos cuatro que un cristiano reflexivo de hoy día escogería.

Cerca de estas cuevas los arqueólogos desenterraron las ruinas de un antiguo monasterio fortificado. Ahora uno puede visitar ese edificio y ver los diversos cuartos. El más interesante es el “Scripterium” donde los escribientes copiaron los manuscritos. Aquí hallaron una mesa larga y estrecha, una banca y dos tinteros. También hay una sala de asamblea para los monjes, de 5 por 25 metros. Dentro de los muros del monasterio hay una alfarería, donde probablemente fabricaron las jarras encontradas en las cuevas; además una fragua, un molino de granos, una panadería y una lavandería.

El lugar se conoce ahora como el Qumran. Generalmente se acepta que la comunidad Qumran pertenecía a una secta judía llamada los esenios. En el año 68 d.C., dos años antes de la destrucción de Jerusalén, el ejército romano destruyó el monasterio. Al ver al enemigo acercándose, los escribas aparentemente escondieron sus valiosos manuscritos en las cuevas cercanas para que no los hallaran y destruyeran. Hoy podemos estar contentos porque tomaron esa precaución.

La pregunta crucial que inmediatamente se nos ocurre es ésta: ¿Cómo se comparan estos textos bíblicos con el texto masorético de la Edad Media? La respuesta es alentadora. Los dos textos van muy de acuerdo. Tal como sería de anticiparse, hay algunas pequeñas variaciones. Unos catorce de estos textos divergentes se han adoptado por los traductores de la versión R.S.V. en inglés (1952). Se identifican con notas al pie de las páginas, indicando, “Un MS* antiguo.” En el caso de otros manuscritos, especialmente los de la Cueva IV, se encuentra que en los libros históricos del Antiguo Testamento el texto Qumran frecuentemente está más cerca al texto de la Septuaginta que al texto masorético. Los eruditos ahora tienen nuevos instrumentos para establecer un texto más exacto del Antiguo Testamento.

El Texto del Nuevo Testamento

“Hay miles de variaciones en el texto del Nuevo Testamento griego.- Tal declaración, hecha hace algunos años por una revista popular, es cierta en un sentido técnico. Pero la impresión que presenta en el contexto del artículo es moralmente falsa. Porque el autor probablemente dejó a la mayoría de sus lectores con la impresión inquietante, que el texto griego M Nuevo Testamento se encuentra en un estado de completo caos.

Tal cosa no es cierta de ninguna manera. La vasta mayoría de estas variaciones tienen que ver con pequeñas diferencias de ortografía o forma gramatical, asuntos que no tienen significado alguno respecto al significado M texto.

En 1853, dos grandes eruditos de la Universidad de Cambridge, B. F. Westcott y F.J.A. Hort emprendieron la tarea de compilar un texto corregido del Nuevo Testamento, basado en los mejores manuscritos griegos. Después de 20 años de trabajo arduo y dedicado, publicaron el fruto de sus labores en El Nuevo Testamento en el Griego Original* (1881), una obra autoritativa usada por generaciones de estudiantes M Nuevo Testamento en griego.

No es igualmente conocido el Tomo 11 de la misma obra Introducción y Apéndice[4], escrito por Hort. Allí dice él lo siguiente del texto griego del Nuevo Testamento:—La proporción de palabras virtualmente aceptadas por todos como fuera de duda es muy grande-nada menos, en un cálculo aproximado que 7/8 partes del total.- Luego observa que, -poniendo a un lado las diferencias de ortografía, las palabras sujetas a alguna duda componen solamente 1/60 de todas.” Pero concluye con esta apreciación significativa: “Al final de cuentas, el número de palabras que en algún sentido puede considerarse una variación considerable e importante es una fracción tan munúscula del total de variaciones, que apenas puede formar más que una milésima parte del texto completo .[5]

La mayoría de los eruditos de hoy día concuerdan en que la declaración de Hort es un tanto demasiado optimista. Sin embargo subraya la verdad que, básicamente, el texto !riego del Nuevo Testamento, tal como lo tenemos ahora, es digno de la mayor confianza.

Clases de errores

No hay manuscritos del Nuevo Testamento en griego, exactamente iguales. Humanamente hablando, tal cosa no puede evitarse. Sería casi imposible, que dos personas copiaran a mano todo el texto griego del Nuevo Testamento sin hacer ningunos errores. Y los libros del Nuevo Testamento fueron todos copiados a mano por más de mil años antes del comienzo de la edad de la imprenta, a mediados del siglo quince.

Hay dos clases principales de errores no intencionales hechos por los copistas. Estos son errores del ojo y errores del oído.

(1) Errores del ojo. Tales errores son casi inevitables para cualquiera persona que copia un documento largo. Pero varios factores agravan el problema en lo que toca al Nuevo Testamento en griego.

Primero, en los manuscritos griegos más antiguos no hay divisiones en capítulos y versículos. Tampoco hay la separación en oraciones, ni siquiera la división en palabras. Es como si escribiéramos el primer versículo del Evangelio de Lucas así:

PUESTOQUEYAMUCHOSHANTRATADODEPONER ENORDENLAHISTORIADELASCOSASQUEENTR

ENOSOTROSHANSIDOCIERTISIMAS

Y así sigue línea tras línea, columna tras columna, a través de un libro entero del Nuevo Testamento. Cuando una persona copiaba un manuscrito de otro, era fácil hacer una división equivocada entre palabras. Por supuesto generalmente captaba el error y lo corregía.

Pero tomemos una combinación de letras como ésta: LAVALATINA. Sería posible dividirla así: “Lava la tina” por otra parte:—Lávala, Tina.- ¡Bastante distinto el significado, desde luego! Pero tomemos otras combinaciones que se encuentran en nuestra Biblia: TUSOBRAS, PUESTOQUE, y NOTEMERAS. Podríamos dividir la primera así: “Tu sobras” o “Tus obras.” La segunda podría significar: “Pues, toque” o bien, “Puesto que.” La última puede dividirse en: “Note meras . . .” o “No temerás.” Muchos errores (La segunda división en estos casos es la correcta) de esta clase se encuentran en los manuscritos griegos posteriores (o sea, del siglo 15) después que fue introducida la separación entre palabras.

En segundo lugar los manuscritos griegos más antiguos comúnmente emplearon abreviaciones para tales palabras como Dios, Cristo, Jesús, e Hijo, con la línea arriba uniendo la primera y las últimas letras. Cristo aparece como XC, Jesús como IC, Hijo como YC, cada uno con una línea arriba. Es obvio que sería más fácil confundir estas abreviaturas que lo sería si se hubieran escrito las palabras completas.

Hay un tercer tipo de errores todavía bastante común el pasar por alto alguna línea cuando dos líneas consecutivas comienzan o terminan con la misma palabra. Uno que frecuentemente prepara originales para que los copie un mecanógrafo pronto aprende a evitar esta trampa. Otro caso semejante es la omisión o la adición de frases u oraciones parecidas.

(2) Errores del oído. Como ya hemos visto, los errores del ojo se ocasionaban cuando un escribiente copiaba de un manuscrito a otro. Pero a veces un hombre se sentaba en una mesa, leyendo un manuscrito lentamente en voz alta a un grupo de escribientes sentados delante de él. Esta era la única cara de publicaciones que había en esos días, y generalmente había no más que 40 escribientes trabajando a la vez, lo cual es una situación muy distinta a la de una imprenta moderna que puede publicar miles de copias idénticas de un libro.

En el caso de un grupo que copiaba por dictado, los errores de oído sucederían inevitablemente. Lo mismo sucedería al copiar un manuscrito en castellano de la misma manera hoy día, porque hay palabras que suenan iguales, pero que tienen diferencias de ortografía y significado. Un escribiente lo oiría de uan manera, mientras otro lo entendería de un modo distinto.

Para dificultar aún más la situación, la mayor parte de las vocales y diptongos en el griego de aquél entonces, lo mismo que en el griego moderno, se pronunciaban prácticamente iguales, con un sonido parecido a la letra “1” en castellano. Una vez estuve en un culto de oración en Atenas, donde no habría podido seguir la lectura bíblica si no hubiese tenido en la mano un Nuevo Testamento en griego. En una Iglesia del Nazareno (griega) en Sidney, Australia tuve una experiencia parecida. Cuando me paré para predicar, anuncié: “Ahora voy a leer el pasaje bíblico que su pastor acaba de leer, pero de la manera que nosotros lo pronunciamos. Al hacerlo, ¡motivó bastantes risas de parte de la congregación!”

Abundancia de Manuscritos

Para que el lector no se inquiete excesivamente por el cuadro que acabamos de presentar, me apresuro a indicar que la mayor parte de los errores de la clase indicada pueden encontrarse y eliminarse en la construcción de un texto griego del Nuevo Testamento hoy día. Tenemos ahora más de 5000 manuscritos del Nuevo Testamento en griego, completos o en parte. Una comparación cuidadosa de ellos nos capacita para eliminar la mayoría de los errores ocasionados al copiar los textos. En los casos en que no podemos tener una seguridad absoluta respecto al texto original-y hay algunos casos tales-nos consuela el hecho que ninguna de estas lecturas variantes afecta adversamente ninguna doctrina de la fe cristiana.

(1) Papiros. El material de escribir más común del primer siglo era el papiro, del cual derivamos la palabra “papel.” Se hacía del tallo del papiro, cortando su médula en tiras delgadas. Pegaban dos capas de estas tiras al través, y las dejaban secarse. Naturalmente el material que resultó era bastante frágil. Se piensa que todo el Nuevo Testamento fue escrito en papiro con la posible excepción de los Cuatro Evangelios y los Hechos, y que esa es la razón básica por la cual no ha sobrevivido ninguna de las copias originales.

Los papiros fueron desconocidos en los tiempos modernos hasta 1778, cuando unos trabajadores excavando en la región de Fayum del sur de Egipto, encontraron una jarra de barro con unos 50 rollos de papiro adentro.

Pero el primer descubrimiento de importancia de papiros griegos se hizo en 1897. Dos ingleses, Grenfell y Hunt, excavando cerca de la aldea de Oxyrhynchus, como a 190 kilómetros al sur de Cairo, encontraron en los montículos de basura grandes cantidades de material de papiro, que consistía en su mayoría de papeles seculares y documentos. Un estudio de esos papiros arrojó mucha nueva luz sobre el significado de muchas palabras del Nuevo Testamento.

Tenemos un buen ejemplo en la declaración de Jesús, repetida tres veces en Mateo capítulo 6: “ya tienen su recompensa” (vrs. 2, 5 y 16). El verbo griego común para “tener” en el Nuevo Testamento es echo. Pero aquí encontramos el verbo compuesto apecho. Ahora bien, en los montículos de Egipto ya mencionados se encontraron centenares de recibos oficiales en griego, con la palabra apecho en cada uno de ellos. De manera que las traducciones modernas de la frase en Mateo 6:2, 5 y 16 lo vierten más correctamente: “ya recibieron su paga” (Versión Fuenterrabía-Editorial Verbo Divino). El significado de esta declaración de Jesús es que los que practican su religión a fin de obtener la alabanza de los hombres, en efecto dan un recibo, “Pagado por completo.” No pueden reclamar ninguna recompensa adicional en el porvenir. Tenemos que decidir si conviene o no, sacrificar los premios eternos sobre el altar de la gloria terrenal.

Los manuscritos del Nuevo Testamento en griego en papiro son un descubrimiento más reciente. Los más numerosos e importantes han salido a luz desde 1930. Los Papiros Chester Beatty (Dublín, Irlanda) incluyen tres documentos del tercer siglo-uno, de los Cuatro Evangelios y Hechos, muy incompleto, otro, de las Epístolas de Pablo, casi completo, y un tercero, la parte de en medio del Apocalipsis. Estos llevan los números: Papiro 45, 46, y 47. Desde entonces los papiros sobresalientes han sido los Papiros Bodrner (Ginebra, Suiza), descubiertos y editados en las décadas de 1950 y 1960. El Papiro 66 del Evangelio de Juan está fechado alrededor del año 200 d.C., solamente unos cien años después de ser escrito el original. El Papiro 72 tiene el texto más antiguo que se conoce de l y II Pedro y Judas. Otro manuscrito importante del tercer siglo es el Papiro 7.5, que contiene gran parte de los Evangelios de Lucas y Juan.

Solamente se ha encontrado unos 80 Papiros del Nuevo Testamento hasta la fecha. Pero son de grande importancia, ya que se remontan hasta el tercer siglo.

(2) Unciales. Hay alrededor de 270 manuscritos unciales que se conocen ahora, fechados desde los siglos cuatro a nueve. Son escritos en letras grandes, mayúsculas, y solamente los papiros les ganan en importancia.

Tenemos dos grandes manuscritos unciales del siglo cuarto, el Vaticano y el Sinaítico. Aquel como su nombre sugiere, se encuentra en la biblioteca del Vaticano en Roma. Este debe su nombre al hecho que se halló en el monte Sinaí: Actualmente se encuentra en el Museo Británico en Londres. El Uncial Vaticano carece de la última parte del Nuevo Testamento pero el Sinaítico tiene todo el Nuevo Testamento.

La historia del descubrimiento del Manuscrito Sinaítico ilustra de una manera corunovedora la inmensa labor involucrada en el esfuerzo de encontrar el texto griego más antiguo. En 1844, Constantino Tischendorf, un erudito bíblico alemán, viajó al Medio Oriente buscando manuscritos antiguos. Un día trabajaba en la biblioteca del monasterio de Santa Catalina en el Monte Sinaí, que tiene fama de ser el monasterio cristiano más antiguo en el mundo. Notando en el cesto de papeles unas tiras sueltas de un manuscrito de piel, las examinó. Para su gran asombro, descubrió que eran páginas de la Biblia griega más antigua que jamás había visto. Rescató 43 de estas páginas que los monjes le obsequiaron. ¡Y le dijeron que ya habían quemado el contenido de dos canastas! Después de extraer de ellos la promesa de no destruir más, llevó consigo las 43 tiras a Leipzig. Regresando al monasterio en 1853, buscó en vano el resto del manuscrito. Los monjes no le quisieron decir nada.

En 1859 decidió hacer otra tentativa, con el respaldo del Zar de Rusia, el protector de la Iglesia Griega Ortodoxa. Después de unos días infructuosos en el monasterio de Santa Catalina, dio órdenes de que sus camelleros, se alistaran a partir para El Cairo la mañana siguiente.

Esa noche el mayordomo del monasterio invitó a Tischendorf a su cuarto, para ver una copia vieja de la Septuaginta. Pronto el erudito alemán tenía en sus manos un montón de tiras sueltas envueltas en tela colorada. Para su grande asombro descubrió que eran del mismo manuscrito del cual había recibido las 43 tiras unos 15 años antes. Por fin su tan afanosa búsqueda había sido coronada con el éxito.

Disimulando sus sentimientos de inmenso regocijo, Tischendorf preguntó con fingida despreocupación, si podría llevarse el manuscrito a su recámara para examinarlo más’ Entonces pasó toda la noche copiando una parte de él, ya que no tenía ninguna garantía de poder llevarlo consigo.

Por la mañana procuró comprarlo pero fue en vano. Luego pidió permiso para llevarlo a El Cairo para estudiarlo. Pero el monje encargado de la biblioteca puso objeciones. Sin embargo, al llegar a El Cairo, persuadió al superior de un monasterio de allí que pidiera el manuscrito del monasterio del Sinaí. Se permitió a Tischendorf copiar unas cuan: tas tiras a la vez.

Entonces hubo un cambio en el gobierno eclesiástico que proveyó la oportunidad necesaria para obtener el premio tan apetecido. Había que elegir un nuevo arzobispo. Los monjes tenían su candidato preferido. Tischendorf sugirió que les convendría obsequiar el precioso manuscrito al Zar de Rusia, protector de la Iglesia Griega para ganar su respaldo a favor de su candidato favorito. Y así lo hicieron. Además de lograr la elección de su candidato, los monjes recibieron un obsequio en dinero del Zar, mientras que el manuscrito fue depositado en San Petrogrado donde estaría seguro.

En 1933, el gobierno soviético de Rusia, necesitando dinero, y teniendo en poco aprecio un manuscrito bíblico, ofreció en venta el manuscrito Sinaítico. El Museo Británico lo compró por medio millón de dólares, el precio más alto jamás pagado por un libro hasta esa fecha.

En los Estados Unidos de América el manuscrito más antiguo de los Cuatro Evangelios es el Washingtoniensis (W), así llamado porque se encuentra en Washington, D.C., en la Institución Smithsoniana. Se calcula que fue escrito en la última parte del siglo cuarto o la primera parte del siglo cinco. Hay varios otros unciales del siglo cinco (los A, C, y D) pero la mayor parte de los unciales proceden de siglos posteriores.

(3) Minúsculos. Desde el siglo nueve hasta el quincecuando se comenzaron a imprimir libros-tenemos más de 2,750 manuscritos minúsculos o cursivos, así llamados por ser escritos con pequeñas letras cursivas. Contienen el texto griego medioeval del Nuevo Testamento, que es tardío e inferior.

Con tal abundancia de material manuscrito como tenemos a nuestra disposición, podemos estar seguros que el texto del Nuevo Testamento que poseemos, es lo más cercano posible al texto original.

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