Evidencias de que la Biblia es Palabra de Dios


La evidencia mayor de que la Biblia es la Palabra de Dios está dada por el testimonio interno del Espíritu Santo que así lo afirma. Sin dicho testimonio, la veracidad de la Escritura nunca podrá registrarse satisfactoriamente en el lector. Tanto el cristiano maduro como cualquiera que recién comienza a estudiar las aseveraciones del cristianismo deberían conocer los argumentos racionales.

¿Cuáles son estos argumentos? Algunos ya han sido sugeridos. Primero, están las aseveraciones que las Escrituras hacen de sí mismas. Los libros de la Biblia afirman ser la Palabra de Dios, y, mientras esto por sí solo no prueba que lo son, sin embargo es un hecho a tener en cuenta. Debemos preguntarnos cómo es posible que los libros que parecen ser tan ciertos en otros aspectos puedan estar equivocados con respecto al punto crucial sobre sí mismos. Segundo, está el testimonio de Jesús. Su testimonio es el argumento fundamental. Porque aun si Jesús hubiera sido sólo un gran maestro, no podríamos dejar de ver que Él consideraba la Biblia como la autoridad final en la vida. Tercero, está la superioridad doctrinal y ética de la Biblia frente a todos los demás libros. La superioridad de la Biblia ha sido reconocida en varias oportunidades aun por lo no creyentes y sólo es negada por muy pocos de los que realmente han leído y estudiado sus páginas. Cuarto, está el poder de la Biblia que nos afecta mientras la leemos. ¿Qué puede producir tales resultados si la Biblia no es divina, tanto en su origen como en su operación en las vidas humanas?

Thomas Watson, uno de los grandes puritanos ingleses, escribió: Me pregunto de dónde podría provenir la Biblia si no proviene de Dios. Los hombres malvados no podrían ser sus autores. ¿Cómo podrían sus mentes redactar tales líneas santas? ¿Podrían condenar tan fieramente al pecado? Los hombres buenos tampoco podrían ser los autores. ¿Podrían escribir bajo tanta tensión? ¿Podrían plagiar el nombre de Dios y escribir así dice el Señor, en un libro que ellos están componiendo?(1)

Tenemos aquí cuatro buenas razones para considerar la Biblia como la revelación de la Palabra de Dios; y otra quinta razón que surge del argumento de Watson: los escritores bíblicos no podrían haber alegado un origen divino para un libro que ellos consideraban propio. A continuación tenemos otras cinco bases para la misma conclusión.

La Unidad en la Diversidad

Una sexta razón para considerar la Biblia como la revelación de la Palabra de Dios es la asombrosa unidad del libro. Este argumento no es nuevo, pero sin duda es bueno. Es un argumento que se toma más fuerte en la medida que más se estudian los documentos. La Biblia está compuesta por sesenta y seis partes, o libros, escritos en un período que abarca alrededor de mil quinientos años (entre aproximadamente 1450 a.C. hasta alrededor del año 90 d.C), por más de cuarenta personas distintas. Estas personas no se parecían entre sí. Provenían de distintas clases sociales y las circunstancias que las rodeaban eran diferentes. Algunas fueron reyes. Otras fueron estadistas, sacerdotes, profetas, un recaudador de impuestos, un médico, un confeccionador de carpas, pescadores. Si se les hubiera preguntado sobre cualquier tema, habrían tenido puntos de vista tan dispares como las opiniones de las personas contemporáneas. Pero juntos produjeron un volumen de una unidad maravillosa en cuanto a su doctrina, su perspectiva histórica, su ética y sus expectativas. En resumen, se trata de una sola historia de la redención divina que comenzó con Israel, se centró en Jesucristo y culminará con el fin de la historia. La naturaleza de esta unidad es importante. Para comenzar, R. A. Torrey señala: No se trata de una unidad superficial sino profunda. Superficialmente, a veces nos encontramos con aparentes discrepancias y contradicciones; pero, en la medida que la estudiamos, estas aparentes discrepancias y contradicciones desaparecen, y aflora la profunda unidad subyacente. Cuanto más a fondo estudiamos, más completa se nos presenta esta unidad. Además, esta unidad es orgánica -es decir, no se trata de la unidad de algo muerto, como una piedra, sino de algo que está vivo, como una planta. En los primeros libros de la Biblia, tenemos el pensamiento germinante; a medida que avanzamos, tenemos la planta; y luego, el pimpollo; y luego, la flor; y por último, la fruta madura. En la Revelación tenemos la fruta madura del Génesis.(2)

¿Cómo es posible explicar esta unidad? Existe una sola explicación posible: detrás de los esfuerzos de más de cuarenta autores humanos está la perfecta, soberana y conductora mente de Dios.

Una Exactitud Inusual

Una séptima razón para creer que la Biblia es la Palabra de Dios es su exactitud inusual. Para ser precisos, esta exactitud no prueba que la Biblia sea divina -los seres humanos pueden ser en ocasiones bastante exactospero es lo que deberíamos esperar que sucediera si la Biblia es el resultado del esfuerzo de Dios. Por otro lado, si la exactitud de la Biblia implica también su infalibilidad (que consideraremos en el capítulo siguiente), entonces esto sí sería una prueba directa de su divinidad. Porque, si bien el error es humano, la infalibilidad es divina.

En algunas partes la exactitud de la Biblia puede ser probada externamente, como en las porciones históricas del Nuevo Testamento. Podemos tomar como ejemplos al evangelio de Lucas o el libro de Hechos. Lucas y Hechos son un intento de “poner en orden la historia” sobre la vida de Jesús y la rápida expansión de la iglesia cristiana primitiva (Lc. 1:1-4; Hch. 1:1-2). Esto sería un enorme emprendimiento aún en la actualidad. Más aún lo era en la antigüedad, cuando no habían ni diarios ni libros de referencia. En realidad había muy pocos documentos escritos. Pero, a pesar de ellos, Lucas ilustró el crecimiento de lo que comenzó como un movimiento religioso insignificante en un rincón recóndito del imperio romano, un movimiento que progresó calladamente y sin la sanción oficial pero que cuarenta años después de la muerte y resurrección de Jesucristo ya tenía congregaciones cristianas en casi todas de las grandes ciudades del imperio. ¿Fue la labor de Lucas exitosa? Sí, lo fue; y exacta de principio a fin.

En primer lugar, ambos libros muestran una exactitud asombrosa cuando mencionan títulos oficiales y las correspondientes esferas de influencia. Esto ha sido documentado por F. F. Bruce de la Universidad de Manchester, en Inglaterra, en un pequeño libro titulado The New Testament Documents: Are They Reliable?
Bruce escribe:

Una de las muestras más notorias de su exactitud (con respecto a Lucas) es su familiaridad con los títulos que le corresponden a todas las personas notables que figuran en sus páginas. Esto no era una proeza tan fácil en sus días como lo es en los nuestros, cuando es muy sencillo consultar un libro de referencias. Se ha comparado el uso que Lucas hace de los distintos títulos existentes en el imperio romano con la manera suelta y confiada con que un hombre de Oxford, en una conversación, puede referirse a los directores de los distintos colegios: el Provost de Oriel, el Master de Balliol, el Rector de Exeter, el President de Magdalen, y así sucesivamente. Uno que no vive en Oxford, como este autor, nunca se siente como en su casa con la multiplicidad de títulos de Oxford. (3)

Obviamente, Lucas sí se sentía como en su casa con los títulos romanos; nunca se equivoca al utilizarlos. Bruce agrega que Lucas tenía otra dificultad, en cuanto los títulos no eran siempre los mismos, sino que se modificaban con el tiempo. Por ejemplo, la administración de una provincia podía pasar de un representante directo del emperador a un gobierno senatorial, para ser gobernada por un procónsul en lugar de un delegado imperial (legatus pro praetore). Chipre, una provincia imperial hasta el año 22 a.C., se convirtió en una provincia senatorial en ese año y fue gobernada por un procónsul en vez de un delegado imperial. Fue así que cuando Pablo y Bernabé arriban a Chipre alrededor del año 47 d.C., es el procónsul Sergio Pablo quien les da la bienvenida (Hch. 13:7). También Acaya era una provincia senatorial desde el año 27 a.C. hasta el año 15 d.C., y luego con posterioridad al año 44 d.C. Por eso Lucas se refiere a talión, el gobernante romano en Grecia, como el “procónsul de Acaya” (Hch. 18:12), el título del representante romano durante la visita de Pablo a Corinto, pero no durante los veintinueve años con anterioridad al año 44 d.C. (4)

Este tipo de exactitud por parte de uno de los escritores bíblicos es un testimonio que puede multiplicarse casi indefinidamente. Por ejemplo, en Hechos 19:38, el escribano de Efeso trata de apaciguar a los ciudadanos alborotados refiriéndoles a las autoridades romanas: “Y procónsules hay”, dice, usando el plural. A primera vista, el escritor parece haber cometido un error, ya que había sólo un procónsul romano para cada región determinada. Pero si lo examinamos vemos que poco tiempo antes del alboroto en Efeso, Junio Silano, el procónsul, había sido asesinado por los mensajeros de Agripina, la madre del adolescente Nerón. Como el nuevo procónsul aún no había llegado a Efeso, la expresión vaga del escribano puede ser intencional o puede estar referida a los dos emisarios, Helio y Celer, quienes eran los sucesores aparentes de Silano. Lucas captura el clima de la ciudad en un momento de disturbios internos, del mismo modo que también captura el clima de Antioquía, Jerusalén, Roma y otras ciudades, cada una con sus características exclusivas.

La arqueología ha constatado la extraordinaria confiabilidad de los escritos de Lucas y de otros documentos bíblicos. Una placa fue descubierta en Delfos identificando a Galión como el procónsul de Corinto cuando Pablo visitó la ciudad. El estanque de Betesda, con sus cinco pórticos, fue encontrado a unos setenta pies por debajo del presente nivel de la ciudad de Jerusalén. Se lo menciona en Juan 5:2, pero se había perdido de vista luego de la destrucción de la ciudad por los ejércitos de Tito en el año 70 d.C. También se ha descubierto el Enlosado, Gabata, que se menciona en Juan 19:13.

Documentos antiguos -de Dura, Ras Shamra, Egipto y el Mar Muerto- han echado luz sobre la confiabilidad bíblica. Se han recibido informes sobre hallazgos en Tell Mardikh, en el noroeste de Siria, el sitio de la antigua Ebla. Hasta el momento, mil quinientas tabletas que datan de alrededor de 2300 a.C. (unos doscientos a quinientos años antes de Abraham) han sido descubiertas. En ellas aparecen nombres como los de Abram, Israel, Esaú, David, Jahvé, y Jerusalén, lo que nos está indicando que estos eran nombres comunes antes de aparecer en los relatos bíblicos. Al ser estudiadas cuidadosamente, estas tabletas indudablemente habrán de aclarar muchas de las costumbres de la época subsiguiente, de los patriarcas del Antiguo Testamento, Moisés, David, y otros. Su sola existencia ya tiende a verificar los relatos del Antiguo Testamento. También está disponible la evidencia interna de la exactitud de la Biblia, en especial cuando tenemos relatos paralelos del mismo acontecimiento. Un ejemplo lo constituyen los relatos de las apariciones del Señor Jesucristo luego de su resurrección. Son cuatro relatos independientes y escritos por separado; de otro modo no habrían aparentes discrepancias. Si los escritores hubieran trabajado conjuntamente habrían aclarado cualquier dificultad. Sin embargo, los evangelios no se contradicen realmente. Se complementan mutuamente. Aun más, un pequeño detalle en uno de ellos, puede servir para aclarar lo que parecía ser una contradicción entre otros dos.

Mateo nos dice que María Magdalena y la “otra” María habían ido al sepulcro en la primera mañana de Pascua. Marcos menciona a María Magdalena, María la madre de Jacobo (y así identificamos a la “otra” María de Mateo), y Salomé. Lucas menciona a dos Marías, Juana, “y las demás con ellas”. Juan menciona sólo a María Magdalena. A simple vista estos relatos son diferentes, pero cuando los analizamos en detalle, revelan una notable armonía. Resulta claro que un grupo de mujeres, incluyendo todas las anteriormente mencionadas, fueron al sepulcro. Al encontrarse con que la piedra había sido removida, las mujeres más ancianas enviaron a María Magdalena a decirles a los apóstoles lo que había sucedido y a pedirles consejo. Mientras ella iba, las restantes mujeres vieron a los ángeles (como lo relatan Mateo, Marcos y Lucas) pero no al Señor resucitado, al menos no hasta más tarde. Por otro lado, María, volviendo más tarde y sola, lo vio (como nos informa Juan). De la misma manera, cuando Juan menciona a “el otro discípulo” que acompañó a Pedro al sepulcro, nos está aclarando el versículo de Lucas 24:24 que dice que “fueron algunos de los nuestros al sepulcro”, después de las mujeres, aunque Lucas había mencionado sólo a Pedro (un individuo singular) en su relato.

Todos estos son pequeños detalles, es cierto. Pero porque son pequeños le dan más peso a la exactitud total de los evangelios.

La Profecía

Una octava razón para creer que la Biblia es la Palabra de Dios la brinda la profecía. También este se trata de un gran tema, que escapa a los alcances de este capítulo. Sin embargo, es posible demostrar brevemente el impacto de este argumento.

Primero; están las profecías explícitas. Estas conciernen al futuro del pueblo judío (incluyen algunas cosas que ya han ocurrido y otras que todavía no han tenido lugar) y el futuro de las naciones gentiles. Por encima de todo, muchas describen la venida del Señor Jesucristo, primero para morir y luego para volver con poder y gran gloria. Toney cita cinco pasajes -Isaías 53 (todo el capítulo); Miqueas 5:2; Daniel 9:25-27; Jeremías 23:5-6; y el Salmo 16:8-11 -y comenta: En los pasajes citados tenemos predicciones sobre un Rey de Israel venidero. Se nos dice el tiempo exacto de su manifestación a su pueblo, el lugar exacto de su nacimiento, la familia en que habría de nacer, las circunstancias de su familia en oportunidad de su nacimiento (unas circunstancias totalmente diferentes de las existentes cuando se escribió la profecía, y contraria a todas las probabilidades), cómo habría de ser recibido por su pueblo (una recepción totalmente distinta a la que sería naturalmente previsible), el hecho, el medio y los detalles en torno a su muerte, con las circunstancias específicas en cuanto a su sepultura, su resurrección, y la victoria luego de su resurrección. Estas predicciones fueron cumplidas con la más exacta precisión por Jesús de Nazaret. (5)

Otro escritor, E. Schuyler English, que fuera presidente de la comisión editorial de The New Scofield Referente Bible (1967) y editor en jefe de The Pilgrim Bible (1948), observó que más de veinte de las predicciones del Antiguo Testamento relacionadas con eventos que rodearían la muerte de Cristo, palabras escritas siglos antes de su primera venida, se cumplieron con precisión en un período de veinticuatro horas durante su crucifixión. Por ejemplo, en Mateo 27:35 está escrito: “Cuando le hubieron crucificado, repartieron entre sí sus vestidos, echando suertes.” Este era el cumplimiento del Salmo 22:18, que afirmaba: “Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes.” (6)

Muchas de estas profecías han sido cuestionadas y se han hecho intentos de datar los libros del Antiguo Testamento en fechas más cercanas al tiempo de Cristo. Pero aunque traigamos las fechas de algunas profecías lo más tarde en el tiempo como lo sugieren los críticos más radicales y destructivos, todavía estarán cientos de años antes del nacimiento de Cristo. Más aún, el testimonio acumulado de ellas es devastador. Estos son hechos, y exigen una explicación. ¿Cómo puede ser explicados? Esta evidencia sólo puede ser explicada por la existencia de un Dios soberano. Él reveló con anticipación lo que había de suceder cuando enviara a Jesús para redimir nuestra raza, y luego se encargó que dichos sucesos tuvieran lugar. Todavía se puede decir mucho más con respecto a la profecía. Este material que hemos visto se refiere únicamente a la venida de Cristo. También hay profecías referidas a la dispersión y la reunificación de Israel, como también profecías generales y específicas concernientes a las naciones gentiles y a las capitales de dichas naciones, muchas de las cuales han sido destruidas de la forma indicada por la Biblia, generaciones y hasta siglos antes. Las instituciones, las ceremonias, los sacrificios y las fiestas de Israel también son profecías de la vida y el ministerio de Jesús. (7)

La Conservación de la Biblia

Una novena razón para creer que la Biblia es la Palabra de Dios es su asombroso estado de conservación a través de los siglos del Antiguo, Testamento y la historia de la iglesia. Hoy, luego de que la Biblia ha sido traducida en parte o en su totalidad a cientos de idiomas, y en algunos idiomas en varias versiones, y luego de que millones de copias del texto sagrado han sido publicadas y distribuidas, sería casi imposible destruir la Biblia. Pero estas no siempre fueron las condiciones reinantes.

Hasta la Reforma, el texto bíblico se preservaba por un proceso largo y laborioso de copiado a mano, una y otra vez; al principio sobre papiro, y luego sobre pergaminos. Durante ese tiempo la Biblia fue en varias oportunidades objeto de un odio extremo por muchos de los que estaban en el poder. Trataron de acabar con ella. En los inicios de la iglesia, Celso, Porfirio y Luciano trataron de destruirla con argumentos. Luego, los emperadores Diocleciano y Juliano trataron de destruirla con la fuerza. En varias instancias fue una ofensa capital el poseer una copia de alguna parte del Texto Sagrado. Sin embargo, el texto sobrevivió.

Si la Biblia hubiera sido sólo los pensamientos y la obra de seres humanos, habría sido eliminada hace mucho tiempo frente a tal oposición, como le sucedió a otros libros. Pero ha resistido, cumpliendo así las palabras de Jesús cuando dijo: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mt. 24:35).

Vidas Transformadas

La décima razón para creer que la Biblia es la palabra de Dios es su habilidad comprobada de transformar hasta los peores hombres y mujeres, convirtiéndolos en bendición para sus familias, sus amigos y su comunidad. La Biblia habla de este poder: “La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma; el testimonio de Jehová es fiel, que hace sabio al sencillo. Los mandamientos de Jehová son rectos, que alegran el corazón; el precepto de Jehová es puro, que alumbra los ojos. El temor de Jehová es limpio, que permanece para siempre; los juicio de Jehová son verdad, todos justos” (Sal. 19:7-9). Como vimos en el capítulo anterior, esta transformación tiene lugar por el poder del Espíritu Santo que obra a través de la Palabra.

¿La Biblia transforma en realidad a los hombres y las mujeres, cobvirtiéndolos en personas santas? Sí, lo hace. Hay prostitutas que han sido reformadas; borrachos que se han vuelto sobrios; arrogantes que se han vuelto humildes; personas deshonestas que se han vuelto personas íntegras; mujeres y hombres débiles que se han vuelto fuertes; y todo por la transformación que Dios ha obrado en ellos mientras escuchaban y estudiaban las Escrituras.

El poder del Cristo vivo operando por medio del Espíritu Santo a través de la Palabra escrita transforma las vidas. Esto ha sido cierto en el transcurso de toda la historia. Es una prueba poderosa de que la Biblia indudablemente es la Palabra de Dios.

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Notas
1. Thomas Watson, A Body of Divinity: Contained in Sermons upon the Westminster Assembly’s Catechism (1692; reprint
ed., London: The Banner of Truth Trust, 1970), p. 26.
2. R. A. Torrey, The Bible and Its Christ (New York: Fleming H. Revell, 1904-6), p. 26.
3. E E Bruce, The New Testament Documents: Are They Reliable? (Downers Grove, Ili.: InterVarsity Press, 1974), p. 82.
4. Ibid., pp. 82-83.
5. Torrey, The Bible and Its Christ, p. 19.
6. E. Schuyler English, A Companion to the New Scofield Referente Bible (New York: Oxford University Press, 1972), p. 26.
El autor invita al lector a comparar también los siguientes versículos: Mt. 26:21-25 con Sal. 41:9. Mt 26:31, 56; Mr. 14:50
con Zac. 13:7. Mt. 26:59 con Sal. 35:11. Mt. 26:63; 27:12, 14; Mr. 14:61 con Is. 53:7. Mt. 26:67 con Is. 50:6; 52:14; Mi.
5:1; Zac. 13:7. Mt. 27:9 con Zac. 11:12-13. Mt. 27:27 con Is. 53:8. Mt. 27:34, Mr. 15:36; Jn. 19:29 con Sal. 69:21. Mt.
27:38; Mr. 15:27-28; Lc. 22:37; 23:32 con Is. 53:12. Mt. 27:46; Mr. 15:34 con Sal. 22:1. Mt. 27:60; Mr. 15:46; Lc.
23:53; Jn. 19:41 con Is. 53:9. Lc. 23:34 con Is. 53:12. Jn. 19:28 con Sal. 69:21. Jn. 19:33, 36 con Sal. 34:20. Jn. 19:34,
37 con Zac. 12:10.
7. Para una discusión más completa sobre esta área de estudio del Antiguo Testamento, ver Victor Buksbazen, The Gospel
in the Feasts of Israel (Fort Washington, Pa.: Christian Literature Crusade, 1954) y Norman L. Geisler, Christ: The Theme
of the Bible (Chicago: Moody Press, 1968), pp. 31-68.

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