El Canon del Nuevo Testamento


Aunque hayamos llegado a alguna conclusión con respecto a la fecha y origen de los libros que integran el Nuevo Testamento, todavía queda otro problema por resolver: ¿Cómo llegó a formarse la colección de escritos que componen el Nuevo Testamento? ¿Quién coleccionó los documentos y basado sobre qué principios? ¿Qué circunstancia produjo la fijación de una lista, o canon, de los libros autoritativos?

La creencia cristiana histórica es que el Espíritu Santo, que fiscalizó el trazo de cada uno de los libros que integran el Nuevo Testamento, fiscalizó también la selección y colección de ellos, continuando de esa manera la promesa que hiciera el Señor Jesús en el sentido de que Él guiaría a la Iglesia a toda verdad. Tal posición, sin embargo, hay que discernirla mediante la percepción espiritual No puede alcanzarse mediante la investigación histórica. Nuestro propósito, pues, es descubrir qué revela la investigación histórica, referente al origen del canon del Nuevo Testamento. Otras personas dirán que los veintisiete libros del Nuevo Testamento se aceptan bajo la autoridad de la Iglesia; pero, aunque lo hagamos, ¿cómo aconteció que la Iglesia recibió esos veintisiete libros y no otros, como para que fuesen dignos de ser colocados en el mismo nivel de inspiración y autoridad que aquellos que integran el canon del Antiguo Testamento?

El asunto aparece más que simplificado en el Artículo VI de lo que se llaman Los Treinta y nueve Artículos de Fe de la Iglesia de Inglaterra cuando afirma que “Bajo el nombre de Sagradas Escrituras entendemos aquellos libros canónicos del Antiguo y Nuevo Testamentos, de cuya autoridad nunca hubo dudas en la Iglesia”. Porque, dejando a un lado el problema del canon del Antiguo Testamento, no se puede decir con toda veracidad que nunca hubo ninguna duda en la Iglesia acerca de todos los libros del Nuevo, Testamento. Varias de las epístolas más breves, como ser 2 Pedro, 2 y 3 Juan, Santiago y Judas, y el libro de Revelación, fueron aceptados mucho más tarde como canónicos, en ciertas partes del mundo, mientras que otros libros, que ya no forman parte del Nuevo Testamento, fueron aceptados como tales. Así es como él Códice Sinaítico incluye “La Epístola de Bernabé” y “El Pastor de Hermas”, obra romana de alrededores del año 110 D.C., o aún antes; y el Códice Alejandrino incluye los escritos conocidos por “La Primera y La Segunda Epístolas de Clemente”.

El hereje Marción compuso en Roma, allá por el año 140 D.C., la lista más antigua que poseemos de los libros del Nuevo Testamento. Este hereje distingue entre el Dios-Creador inferior del Antiguo Testamento y el Dios-Padre revelado en Cristo, y cree que la Iglesia debe barrer con todo lo que se refiera al primero. Tal “antisemitismo teológico” comprende no sólo el rechazo de todo el Antiguo Testamento sino también todas las porciones del Nuevo Testamento que a Marción le parece están infectadas de judaísmo, de modo que su canon contiene un sólo Evangelio, que resulta ser una edición expurgada del Tercero, que es el-menos judío de todos, escrito por Lucas, un gentil, además de las epístolas paulinas, con excepción de las tres llamadas “epístolas pastorales”. Con todo, la lista de Marción, integrada por once libros, no representa el veredicto corriente de la Iglesia de aquel entonces. Es, por el contrario, una aberración.

Otra lista antiquísima, también de procedencia romana y datada por el año 170 D.C., es la que conocemos por “el Fragmento Muratori”. Lleva este apelativo porque Luis Antonio Muratori la publicó por primera vez en Italia en el año 1740. Desgraciadamente el principio está mutilado, pero debe haberse referido a Mateo y Marcos, porque cita a Lucas y lo menciona como el tercer Evangelio; luego menciona a Juan, Hechos, las nueve epístolas paulinas dirigidas a las iglesias y las cuatro individuales (Filemón, Tito, y 1 y 2 Timoteo), Judas, dos epístolas de Juan 2, el Apocalipsis de Juan y el de Pedro 3. Menciona El Pastor de Hermas como digno de ser leído (es decir, en la iglesia), pero que no debe ser incluido entre los escritos proféticos o apostólicos.

Según parece, en época remotísima, los cuatro Evangelios formaban una sola colección. C. R. Gregory dice que “es probable que fueran unidos muy poco tiempo después de la terminación del Evangelio según San Juan, o inmediatamente después” (Canon and Text of the New Testament, 1907, p. 131). Esa cuádruple colección era conocida originariamente como “el Evangelio”, en forma singular, y no “los Evangelios”, en plural. Había un solo Evangelio, expuesto en cuatro relatos y distinguidos como el evangelio “según Mateo”, “según Marcos”, etc. Alrededor del año 115 D.C. Ignacio, obispo de Antioquia, ya se refiere “al Evangelio” como escrito autoritativo, y como conocía a más de uno de los cuatro “evangelios”, es probable que signifique h cuádruple colección que se usaba en aquel entonces por ese nombre cuando menciona “el Evangelio”.

Allá por el año 170 de nuestra era un cristiano sirio llamado Taciano, transformó el cuádruple Evangelio en una narración continuada conocida por “Armonía de los Evangelios” la que por mucho tiempo se usó como la forma favorita, si no oficial, de los cuatro Evangelios en la Iglesia Asiria. Era distinta de los cuatro Evangelios que aparecen en la Antigua Versión que mencionamos en el capítulo anterior. No existe seguridad de que Taciano haya compuesto esa Armonía, que en griego y siró se conoce por Diatessaron, pero como al parecer se compiló en Roma, es probable que el idioma original haya sido el griego.

Un fragmento griego del Diatessaron de Taciano fue descubierto en Dura-Europos, sobre el Eufrates, en 1933. De cualquier manera que sea, la forma siria tiene que haber sido entregada a los cristianos asirios cuando Taciano regresó de Roma, y el Diatessaron sirio constituyó para ellos la forma autorizada de los Evangelios hasta que quedó reemplazado por la Peshito, o sea la versión “simple”, en el siglo quinto. Para los días en que vivió Ireneo, nativo del Asia Menor y obispo de Lyon en la Galias alrededor del año 180 D.C., la idea de un Evangelio cuádruple ya estaba convertida en axioma en la Iglesia en general, y a tal punto, que él se refiere a ello como un hecho establecido y reconocido tan evidente como los cuatro puntos cardinales o los cuatro vientos. Estas son sus propias palabras:

Porque como existen cuatro cuartos del mundo en el cual vivimos, y cuatro vientos universales; y como la Iglesia se encuentra desparramada sobre toda la tierra, y el Evangelio es el pilar y base de la Iglesia y el aliento de la vida, así es natural que tenga cuatro pilares que respiran inmortalidad desde cada uno de los cuartos y encienden de nuevo la vida de los hombres. De donde queda manifiesto que el Verbo, el arquitecto de todas las cosas, quien se sienta por encima de los querubines y mantiene en conjunto todas las cosas, habiendo sido manifestado a los hombres, nos ha dado el Evangelio en cuádruple forma, pero reunido en un todo por el mismo Espíritu (Adv. Haer, iii, 11. 8).

Si se exceptúa “el Evangelio según los Hebreos” que circuló en TransJordania y Egipto y es una variante del Primer Evangelio, parece que en realidad no existió ningún intento serio de aceptar otro Evangelio como autoritativo.

La colocación de los cuatro Evangelios en un solo volumen, significó la separación de las dos partes de la historia de Lucas. Parecería que, al quedar separados Lucas de Hechos, se hubieran infiltrado una o dos modificaciones al final del Tercer Evangelio y al principio del libro de Hechos. Parecería también que Lucas hubiera mencionado originariamente la Ascensión en su segundo tratado. Actualmente la frase agregada en 24:51 y que reza, “y era llevado arriba al cielo” redondea el relato y, en consecuencia “fue recibido arriba”, quedó añadido a Hechos 1:2, de modo que es muy probable que las discrepancias que ciertos autores descubren entre los relatos de la Ascensión de Lucas y Hechos, se deban a los ajustes realizados cuando los dos libros quedaron separados (Véase mi Comentario sobre Hechos, Tyndale Press, 1951, pp. 66 y sig.).

El libro de Hechos de los Apóstoles participó, por supuesto, de la autoridad y prestigio que acompañó al Tercer Evangelio, puesto que es la obra del mismo autor y fue recibido como canónico por todo el mundo, excepción hecha de Marción. En realidad, Hechos ocupa un lugar muy importante en el canon del Nuevo Testamento, puesto que es su documento pivote el que, como lo indica Harnack, sirve de puente entre los Evangelios y las Epístolas y, puesto que relata la conversión, llamado y trabajos misioneros de Pablo, señala con toda claridad lo real de la autoridad apostólica que respalda los escritos paulinos.

El corpus Paulinurn, o sea la colección de las epístolas de Pablo, quedó formado más o menos al tiempo en que fueron coleccionados los cuatro Evangelios 4 y, del mismo modo que la colección del Evangelio quedó designada por la voz griega Euangelion, la paulina fue denominada Apostólos y cada carta distinguida como “A los Romanos”, “Primera a los Corintios”, etc. No mucho tiempo después la epístola anónima a los Hebreos quedó involucrada en los escritos de Pablo. Hechos, por conveniencia, estuvo unido generalmente a “las Epístolas Generales” de Pedro, Santiago, Juan y Judas.

Los únicos libros sobre los que existió alguna clase de dudas después de la mitad del segundo siglo, son los que figuran al final del Nuevo Testamento. Orígenes (184-254) menciona los cuatro Evangelios, Hechos, las trece cartas paulinas, 1 Pedro, 1 Juan y Revelación como libros reconocidos por todo el mundo, y agrega que algunos disputan sobre Hebreos, 2 Pedro, 2 y 3 Juan, Santiago y Judas y, además, “la Epístola de Bernabé”, El Pastor de Hermas, el Didaché y “el Evangelio de los Hebreos”. Eusebio (265-340) dice que la mayoría acepta generalmente todos los libros del Nuevo Testamento, aunque algunos abrigan dudas sobre Santiago, Judas, 2 Pedro y 2 y 3 Juan 5. Atanasio especifica en el año 367 que los únicos libros canónicos son los veintisiete que componen el Nuevo Testamento. Poco tiempo después Gerónimo y Agustín sigue el mismo ejemplo en Occidente. El proceso hacia el Oriente tomó un poco más de tiempo. Fue en los alrededores del año 508 que la versión siria de la Biblia incluyó a 2 Pedro, 2 y 3 Juan, Judas y Revelación, además de los veintidós libros restantes.

Varias fueron las razones que hicieron necesario que la Iglesia supiera con exactitud cuáles son los libros divinamente autoritativos. Lo que los Evangelios relatan “de todo cuanto Jesús comenzó a hacer y a enseñar”, no pudo ser considerado ni un ápice menos autoritario que los libros del Antiguo Testamento, y se estimó que la enseñanza de los apóstoles, relatada en Hechos y las Epístolas, cuenta con la autoridad del Señor. Fue natural, entonces, que se acordara a los escritos apostólicos del Nuevo Pacto el mismo grado de honra que se acordaba a los documentos proféticos del Antiguo Pacto. Por eso Justino Mártir, alrededor del año 150, clasifica “Las Memorias de los Apóstoles” junto con los escritos de los profetas, y aconseja que los dos se lean en las reuniones de los cristianos (Apol. i, 67). Porque la Iglesia no repudió la autoridad del Antiguo Testamento, sino que siguió el ejemplo de Cristo y sus apóstoles y lo recibió como la Palabra de Dios, a pesar de haber roto relaciones con el judaísmo. Tan es así, que la Iglesia hizo suya la versión de la Septuaginta, que es la versión originaria del griego de las Escrituras Hebreos que tuvieron los judíos helenistas anteriores a nuestra era. Los judíos legaron la Septuaginta a los cristianos, y los judíos de habla griega hicieron una nueva versión griega del Antiguo Testamento.

Otras circunstancias que reclamaron una definición de los libros que poseen autoridad divina, fue la necesidad de saber cuáles debían ser leídos en los cultos de la iglesia, y cuáles podían ser entregados, sin incurrir en la culpa de sacrilegio, en el caso de ser demandados por la persecución. Además, era importante saber cuáles libros podían utilizarse confiadamente en el caso de discusiones con herejes. Al trazar Marción “su” canon, alrededor del año 140, se hizo necesario que las iglesias ortodoxas supieran con exactitud cuál es el canon verdadero, y tal actitud contribuyó a acelerar el proceso que ya había comenzado a desarrollarse. Es un error afirmar o escribir que la Iglesia comenzó a formar el canon del Nuevo Testamento después que M arción produjo el suyo.

Es preciso declarar enfáticamente que los libros del Nuevo Testamento no fueron autoritativos para la Iglesia por el hecho de haber sido incluidos formalmente en una lista canónica. Por el contrario: la Iglesia los incluyó en el canon porque ya los consideraba inspirados divinamente, porque había reconocido el valor innato que poseen y porque contaban con la autoridad apostólica.

Muchos son los puntos teológicos que surgen de la historia del canon y que no podemos tratar en esta oportunidad. Quienes deseen una demostración práctica en el sentido de que la Iglesia tuvo razón en la elección que llevó a cabo, pueden comparar los diversos documentos primitivos que M. R. James colecciona en su Apocryphal New Testament 1924, y hasta en los escritos de los Padres Apostólicos 6, para constatar la superioridad que ofrecen los libros del Nuevo Testamento sobre todos éstos 7.

1 Agrega que otras cartas que circulaban bajo el nombre de Pablo, no son aceptadas por la Iglesia. Son, por lo general, seudográficas, compuestas para defender los intereses de los herejes.

2 A esta altura agrega, curiosamente, el libro de La Sabiduría de Salomón.

3 El fragmento indica que existen quienes se oponen a que el apócrifo “Apocalipsis de Pedro” sea leído en la iglesia. Por Clemente, Eusebio y Sozómeno sabemos que era leído en ciertas congregaciones. Para enterarse más acabadamente sobre los fragmentos de este libro, consúltese la obra de M. R. James, Apocryphal New Testament, pp. 505 y sig.

4 Parece que Ignacio y Policarpo, que escribieron alrededor del año 115 D.C., ¿conocieron los escritos de Pablo. 2? Pedro 3:15 y sig., parece aludir también a una colección de una parte, al parecer, de las epístolas paulinas y, aunque se disputa la fecha de 2? Pedro, como parece que “la Epístola de Bernabé” alude a ella, sería preciso datarla antes que a este escrito apócrifo.

5 Eusebio mismo hubiera rechazado el Apocalipsis, porque le desagradaba su mileniarismo.

6 Los escritos de los Padres Apostólicos pueden obtenerse en un solo volumen, tanto en griego como en inglés, editados por J. B. Lightfoot y publicados por Macmillan en 1891, y en dos volúmenes por la Loeb Classical Library, editados por Kirsopp-Lake y publicados por Heinemann durante los años 1912 y 1913. Aunque constituyen una declinación del nivel del Nuevo Testamento, son muy superiores a los Evangelios y Hechos apócrifos.

7 En mis obras, The Books and the Parchrnents, 1950, pp. 94 y sig., y The Growing Day, 1951, pp. 91 y sig., trato más ampliamente el problema de la canonicidad.

Temas relacionados

Tema # 1 ¿Son fidedignos los documentos del Nuevo Testamento?

Tema # 2 Los Documentos del Nuevo Testamento, su fecha y atestación

Tema # 4a Los Evangelios son fidedignos (los evangelios sinópticos)

Tema # 4b Los Evangelios son fidedignos (el cuarto evangelio)

 

Tomado del libro: ¿Son fidedignos los documentos del Nuevo Testamento?, escrito por F.F. Bruce

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Comentarios

  • Paco Cermeño Riwes  On 1 noviembre 2011 at 10:55

    Gracias al Señor por su miseridordia y al Espíritu Santo por cumplir con las promesas de darnos aconocer la Palabra de Dios y todavía desmenuzarla, escudriñarla y enseñarnosla, gracias al E.S. por usar los instrumentos correctos para ello. Gracias a ustedes por ser un testimonio de que si dejamos trabajar al Espíritu Santo en nosotros podemos serle útiles al Señor, Él siempre escoge lo mejor para dárnoslo, gracias por ser parte de ello..
    Dios los bendiga y los guarde.
    Paco Cermeño Riwes

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