Los Documentos del Nuevo Testamento, su fecha y atestación


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1. ¿Qué son los Documentos del Nuevo Testamento?

El Nuevo Testamento, tal como lo conocemos, consiste de veintisiete escritos griegos breves, comúnmente llamados “libros”, de los cuales los cinco primeros tienen características históricas y, por lo tanto son los que conciernen mayormente al análisis en que estamos empeñados. A cuatro de ellos llamamos Evangelios, porque cada uno relata el Evangelio: las Buenas Nuevas que Dios revela en Jesucristo para la redención de la humanidad. Aunque los cuatro relatan dichos y hechos de Cristo, apenas pueden ser considerados como biografías en el sentido corriente de la palabra, porque tratan casi exclusivamente con los dos o tres años finales de su vida, y dedican un espacio, que parecería desproporcionado, a la semana que precedió inmediatamente a su muerte. No pretenden ser Vidas de Cristo. Presentan, más bien, las Buenas Nuevas concernientes a Él desde varios puntos de vista y originalmente para públicos distintos.

El quinto escrito histórico, o sea el llamado Hechos de los Apóstoles, es, en realidad, una continuación del Tercer Evangelio y escrito por la misma mano, o sea Lucas, el médico y compañero del apóstol Pablo. Este quinto libro proporciona el relato del surgimiento del cristianismo después de acaecida la resurrección y ascensión del Señor, y de su expansión occidental desde Palestina hacia Roma, dentro de los treinta años siguientes a la crucifixión.

De los documentos restantes, veintiuna son cartas. Trece ostentan el nombre de Pablo; nueve están dirigidas a iglesias: las epístolas a los Romanos, 1ª y 2ª Corintios, Gálatas, Efesios, Filipenses, Colosenses y 1ª y 2ª Tesalonicenses, y cuatro a personas determinadas: Filemón, 1ª y 2ª Timoteo y Tito.

Otra, la epístola a los Hebreos, es anónima, aunque desde tiempos muy remotos se vio unida a la correspondencia paulina y frecuentemente se la adjudica al gran apóstol. Es probable que haya sido trazada alrededor del año 70 de nuestra era, y dirigida a una comunidad judeocristiana situada en Italia. De las cartas restantes una lleva el nombre de Santiago, probablemente el hermano del Señor Jesús; otra de Judas, quien se titula hermano de Santiago; otras dos llevan el nombre de Pedro, y existen otras tres que son anónimas pero que, debido a las afinidades evidentes que guardan con el Cuarto Evangelio, desde época muy remota han sido reconocidas también como las epístolas de Juan. El libro restante es el del Apocalipsis o Revelación (obsérvese que se debe llamar Revelación, en singular, y no Revelaciones, en plural). Este documento pertenece al género literario denominado apocalíptico que, aunque suena un tanto raro a nuestros oídos, era bien conocido en los círculos judíos y cristianos de aquellos tiempos. El título procede del griego apokaluptein que quiere decir “quitar el velo, o descorrer”. El ejemplo más antiguo que existe de este tipo de literatura es el libro de Daniel. Aun el libro de Revelación es presentado por medio de siete cartas que lo respaldan, dirigidas a siete iglesias de la provincia de Asia. El autor, de nombre Juan, se encontraba en aquel entonces exilado en la isla de Patmos, en el mar Egeo, e informa una serie de visiones en que vio retratados simbólicamente los principios morales y espirituales que operan en la historia, que se manifiestan hasta el fin de los tiempos y alcanzan su pleno desarrolló en la víspera del toque final de la historia delante del Juicio Final.

De estos veintisiete libros, tenemos interés primordial en el presente estudio, en los cinco primeros, fraguados en forma histórica, aunque los demás son también importantes para nosotros, especialmente las epístolas de Pablo, siempre y cuando contengan alusiones históricas o arrojen luz sobre los libros históricos.

2. ¿Cuáles son las fechas de estos documentos?

Generalmente se concede que la crucifixión de Cristo tuvo lugar alrededor del año 30 de nuestra era. Según Lucas 3:1, la actividad de Juan el Bautista data del año quince del imperio de Tiberio César, y precede inmediatamente el comienzo del ministerio público del Señor. Ahora bien: Tiberio inauguró su período como emperador en agosto del año 14 de nuestra era y, de acuerdo al método de computación corriente en Siria, y que sin duda Lucas adoptó, el decimoquinto año comenzó en septiembre u octubre del año 27(1) . El Cuarto Evangelio menciona tres Pascuas más después de esa época (Juan 2:13; 6:4 y 11:55 y sig.), de modo que la tercera Pascua desde esa fecha sería la del año 30 D.C., la cual es probable, basado sobre otro terreno, que viera la crucifixión de Jesús. Sabemos de otras fuentes también, como veremos más adelante, que Pilato era el gobernador romano de Judea; Herodes Antipas el tetrarca de Galilea, y Caifás el Sumo Sacerdote judío.

Cuando llegamos al año cien de la era cristiana, constatamos que el Nuevo Testamento ya estaba terminado o, por lo menos, terminado de hecho, puesto que la mayor parte de los documentos que lo componen existían ya desde unos veinte a cuarenta años atrás. La mayor parte de los eruditos ingleses modernos datan las fechas de los cuatro evangelios de acuerdo a la siguiente cronología: a Mateo lo colocan entre los años 85 al 90; a Marcos cerca del 65; a Lucas entre los 80 al 85, y a Juan por los años 90 al 100 (véase como ejemplos a B. H. Streeter en The Four Gospels (1924) y al doctor V. Taylor en The Gospels (1930). Pero el profesor Adolfo Harnack(2), junto con otros doctos, aduce buenas razones para datar más tempranamente la fecha de composición de los tres primeros evangelios: a Marcos y Lucas entre los años 60 al 65, y a Mateo cercano al año 70. Un argumento muy poderoso aduce que si estos documentos hubiesen sido escritos posteriormente a la caída de Jerusalén del año 70, reflejarían más vívidamente tal acontecimiento en sus páginas. El profesor C. C. Torrey, de la Universidad de Yale, va tan lejos que sostiene que ninguno de los cuatro evangelios contiene nada que exija una fecha de composición posterior al año 50 y que haya sido compuesto fuera del suelo palestino (Our Translated Gospels, 1936, p. x.).

Si pudiera demostrarse fecha tan temprana, tendríamos un argumento impresionante para la historicidad de documentos escritos tan inmediatamente a los hechos que registran. Pero aún con fechas más tardías, la situación es alentadora para el historiador, porque los tres primeros evangelios fueron escritos cuando vivían todavía muchas personas que recordaban las cosas que Jesús dijo e hizo, y algunas vivirían todavía cuando se trazaron las páginas del Cuarto Evangelio. Si se pudiera determinar que los evangelistas usaron fuentes informativas que pertenecieron a una época anterior, la situación se tornaría más alentadora aún. Más adelante volveremos a este respecto más detalladamente.

La fecha de composición del libro de Hechos, o Actos, depende de la que se asigne al Tercer Evangelio, porque los dos son partes de una misma obra histórica, y parece que la segunda fue escrita casi en seguida después de la primera. Existen evidencias muy bien apuntaladas que datan la terminación de los dos documentos a fines de los dos años que Pablo pasó detenido en Roma, vale decir, los años 60 al 62 (Hechos 28:30. Conviene consultar mi comentario sobre Hechos, 1951, pp. 10 y sig.)

Las datas de las epístolas paulinas pueden fijarse por medio de evidencias internas y por medio de evidencias externas. Ya pasó el día cuando se negaba in toto la autenticidad de estas cartas. Hay criticistas que rechazan todavía a Efesios; menos aún no aceptan a 2ª Tesalonicenses; algunos más no se muestran dispuestos a recibir que las epístolas pastorales (1ª y 2ª Timoteo y Tito) surgieron de la pluma de Pablo en la forma que las tenemos actualmente (véase “La Autenticidad y Genuinidad de las Epístolas Pastorales” por E. K. Simpson en The Evangelical Quarterly del año 1940, vol. XXI y pp. 289 y sig.). Yo las acepto a todas como paulinas; pero las ocho restantes cartas paulinas servirían para nuestro propósito, y es de ellas que extractamos los argumentos principales que aparecen en nuestro último capítulo que titulamos La Importancia de la Evidencia del Apóstol Pablo”.

De las trece cartas que llevan el nombre de Pablo, diez pertenecen al período anterior a su prisión romana. Yo las dataría en el orden siguiente: a Gálatas en el año 48(3); a la 1ª y 2ª Tesalonicenses en el 50; a Filipenses en el 54(4); a 1ª y 2ª Corintios entre el 54 y el 56; a Romanos en el 57, y a Colosenses, Filemón y Efesios alrededor del 60. Las Epístolas Pastorales contienen rastros de estilo y dejos de ambiente histórico que las sitúan en una época posterior de los demás escritos paulinos, detalles que tienen poca monta para quienes creen en un segundo encarcelamiento de Pablo en Roma alrededor del año 64 y que terminó con su ejecución, (ver a Eusebio, Historia Eclesiástica, ii, 22 y 25). Las epístolas pastorales pueden ser fechadas cerca de los años 63 al 64, y es indudable que el cambio experimentado en las iglesias paulinas que ellas dejan entrever, se debió a la oportunidad que el primer encarcelamiento del apóstol en Roma ofreció a los opositores que él tenía en esas congregaciones.

De cualquier manera que sea, lo cierto es que el tiempo corrido entre los eventos evangélicos y la mayoría de los libros del Nuevo Testamento, fue relativamente breve, desde el punto de vista de la investigación histórica, por supuesto. Porque uno de los puntos más importantes que se investigan cuando se trata de considerar la veracidad de documentos históricos antiguos, es: ¿Qué tiempo transcurrió entre los sucesos que relatan y el momento en que fueron confeccionados los documentos?

3. ¿Qué evidencias existen para demostrar que su composición es antiquísima?

Más o menos a mediados del siglo XIX, una escuela muy influyente en el pensamiento humano afirmó que varios de los libros más importantes del Nuevo Testamento, incluso los Evangelios y Hechos de los apóstoles, no existieron antes del tercer decenio del siglo segundo5. Tal conclusión no era el resultado de evidencias históricas sino de presunciones filosóficas. Ya en aquel entonces se tenía a mano suficiente evidencia histórica como para refutar la carencia de bases de tales teorías, tal como lo demostraron Lightfoot, Tischendorf. Tregelles y otros más; pero el monto de evidencias que poseemos en nuestros días es tanto mayor y concluyente, al punto que no es posible negar, razonablemente, la mayor parte de la documentación del Nuevo Testamento, a pesar de lo que puedan ser las suposiciones filosóficas.

La evidencia existente de los escritos del Nuevo Testamento es tanto mayor que la que existe de muchos autores clásicos, la autenticidad de quienes nadie sueña en poner en tela de juicio. Si el Nuevo Testamento fuera una colección de escritos seculares, su autenticidad sería aceptada generalmente sin sombras de dudas de ninguna especie. Es un hecho curioso que muy a menudo los historiadores se muestran más dispuestos a confiar en la veracidad del Nuevo Testamento que muchos teólogos6. Personas hay que, por una razón u otra, consideran ipso jacto como sospechoso todo “libro sagrado”, y exigen más evidencias corroborativas de tal obra que para cualquier otro trabajo secular o pagano. Desde el punto de vista del historiador es preciso emplear la misma clase de pruebas para los dos tipos de literatura. Nosotros no contendemos con quienes piden mayor número de evidencias para el Nuevo Testamento que para otra clase de obras: primero, porque las pretensiones generales que ofrece a la humanidad el Nuevo Testamento son tan absolutas, y el carácter y obras de su figura central tan sin paralelo, que buscamos estar lo más seguros que poseemos de su veracidad y, en segundo lugar, porque en cuanto a hechos, existen más evidencias para el Nuevo Testamento que para los demás escritos antiguos de fechas equiparadas.

En la actualidad existen unos 4.000 manuscritos griegos del Nuevo Testamento, parciales o totales. Los mejores y más importantes se remontan a una época cercana al año 350 de nuestra era, siendo los dos más importantes el Códice del Vaticano, que constituye el tesoro más preciado que conserva la Biblioteca Vaticana de Roma, y el bien conocido Códice Sinaítico que el gobierno británico adquirió del gobierno soviético en la suma de libras 100.000 el día de Navidad de 1933, y que ahora representa el mayor valor que contiene el Museo Británico de Londres. Los otros dos documentos importantes que se conservan en Inglaterra son: el Códice Alejandrino, escrito en el siglo quinto, que también se guarda en el Museo Británico, y el Códice Beza, escrito en el siglo quinto o sexto, custodiado por la Biblioteca de la Universidad de Cambridge, y que contiene los Evangelios y Hechos de los Apóstoles en griego y en latín.

Si comparamos la atestación documentaría del Nuevo Testamento con la del material textual de otras obras históricas de la antigüedad, apreciaremos la riqueza del primero. Existen varios manuscritos de la obra Guerra de las Gallas escrita por Cayo Julio César entre los años 58 al 50 antes de nuestra era; pero solamente nueve o diez son buenos. El más antiguo es de 900 años más tarde que la época en que vivió el autor. Existen 35 libros solamente de los 142 de la Historia Romana que escribió Tito Livio (59 A. C. al 17 D. C), y los conocemos a través de no menos veinte manuscritos de cierta importancia. Uno de ellos, que contiene fragmentos de los Libros iii al vi, no va más allá del siglo cuarto de nuestra era. De los catorce libros de las Historias de Tácito (54-120 D.C.), existen cuatro y medio solamente; de los dieciséis libros de sus Anales poseemos diez completos y dos en parte. El texto de estos restos de sus grandes obras históricas, depende completamente de dos documentos: uno del siglo nono y el otro del undécimo. Los manuscritos existentes de sus obras menores (Diálogos de los Oradores, Agrícola y Germania), se hallan entroncados a un códice del siglo décimo. La Historia de Tucídides (460 al 400 A.C.) la conocemos a través de ocho manuscritos. El más antiguo nos viene desde las cercanías del año 900 de nuestra era, y de unos pocos fragmentos de papiros llegados desde principios de la era cristiana. Igual cosa sucede con la Historia de Herodoto (480 al 425 A.C.). Sin embargo, ningún clasicista estaría dispuesto a escuchar una teoría que argumentara la necesidad de colocar en tela de juicio la autenticidad de Herodoto o de Tucídides por el hecho de que los manuscritos más antiguos que poseemos, se distancian a más de 1300 años de los documentos originales.

¡Cuán distinta es la situación del Nuevo Testamento a este respecto! En adición a los dos excelentes manuscritos que nos vienen desde el siglo cuarto, que son los más antiguos que poseemos de otros miles que deben haber existido, podemos agregar un gran número de fragmentos de copias de papiros de libros del Nuevo Testamento, datados entre 100 y 200 años antes. El papiro bíblico conocido por el nombre Chester Beatty, cuya existencia se hizo pública en 1931, consiste de porciones de once códices de papiros, tres de los cuales contienen la mayor parte de los escritos del Nuevo Testamento. Dos de estos tres conservan respectivamente (a) los cuatro Evangelios y Hechos, y (b) las nueve epístolas eclesiásticas de Pablo y Hebreos, y pertenecen a la primera mitad del siglo tercero. El tercero, que contiene Revelación, pertenece a la segunda mitad del mismo siglo.

Un descubrimiento más reciente consiste de varios fragmentos de papiros que los expertos papirólogos sitúan no más allá del año 150 de nuestra era, publicados en Fragments of an Unknown Gospel and other Early Christian Papyri (Fragmentes de un Evangelio Desconocido y de otros Papiros Cristianos muy Remotos), por H. I. Bell y T. C. Skeat en 1935. Estos fragmentos contienen lo que algunos eruditos piensan que son porciones de un quinto Evangelio que guarda mucha afinidad con los cuatro canónicos; pero es mucho más probable que The Times Literary Supptement del 25 de abril de 1935 exprese lo correcto cuando dice que “esos fragmentos fueron escritos por alguien que tuvo ante sí los cuatro Evangelios y los conocía a fondo, y no pretenden constituir un Evangelio independiente sino que son paráfrasis de las narraciones y otros materiales de los Evangelios destinados a ser usados para proporcionar explicaciones e instrucción, o sea un manual para enseñar al pueblo los relatos evangélicos”. Más antiguo es todavía un fragmento de un códice de papiro que contiene a Juan 18:31-33, 37 y sig., y que se halla actualmente en la Biblioteca John Rylands, de Manchester, Inglaterra, y al que Deissmann y otros datan en la época del reinado de Adriano (117-137 D.C.), lo que revelaría que el último de los Evangelios, escrito en Efeso alrededor de los años 90 al 100 D.C., según la tradición, ya circulaba en Egipto unos cuarenta años después de su composición, si, como se cree, este papiro es originario de Egipto, donde fue adquirido en 1917. El Dr. H. Guppy, el bibliotecario de John Rylands, dice que “fue escrito a principios del siglo segundo, cuando la tinta de los autógrafos originales apenas se habían secado. Este documento debe ser considerado el más antiguo de los fragmentos que poseemos, y situado a unos cincuenta años del Nuevo Testamento”

Otro tipo de atestaciones las constituyen las alusiones y citas que varios autores antiguos entresacan del Nuevo Testamento. Los escritores conocidos como los Padres Apostólicos, florecieron principalmente entre los años 90 al 160 de nuestra era, y en sus obras se encuentran evidencias que revelan que conocían la mayor parte de los libros del Nuevo Testamento. En tres obras, que con toda probabilidad datan de alrededor del año 100 D.C.: la Epístola de Bernabé, escrita en Egipto algún tiempo después del año 70 D.C.; el Didaché, o sea la Doctrina de los Doce Apóstoles, escrita en alguna parte de Siria o Palestina hacia los años 80 al 100 D.C., y la carta que Clemente, obispo de Roma, escribió a la iglesia de Corinto alrededor del año 96 D.C., encontramos un número suficiente de citas tomadas de los Evangelios Sinópticos, Hechos, Romanos, 1ª Corintios, Efesios, Tito, Hebreos, 1ª Pedro y, posiblemente, citas de otros libros del Nuevo Testamento. En las cartas que escribió Ignacio, obispo de Antioquía, a medida que iba en camino al martirio en Roma en el año 115 D.C., aparecen también numerosas citas de Mateo, Juan, Romanos, 1ª y 2ª Corintios, Gálatas, Efesios, Filipenses, 1ª y 2ª Timoteo, Tito, y posibles alusiones a Marcos, Lucas, Hechos, Colosenses, 2ª Tesalonicenses, Filemón, Hebreos y 1ª Pedro. Policarpo, su contemporáneo más joven que Ignacio, en la carta que escribió a los Filipenses cita de los Evangelios Sinópticos, Filipenses, 2ª Tesalonicenses, 1ª y 2ª Timoteo, Hebreos, 1ª Pedro y 1ª Juan. Y así podríamos seguir reuniendo una gran cantidad de evidencias extraídas de los escritores del siglo segundo, que ponen “de manifiesto, la familiaridad y el reconocimiento que sentían hacia la autoridad de los escritos del Nuevo Testamento. En lo que respecta a los Padres Apostólicos, la evidencia que hemos ofrecido se halla coleccionada y avalorada en una obra que se titula The New Testament in the Apostolic Fathers, y que registra las investigaciones realizadas por una comisión de la Sociedad de Teología Histórica de Oxford, en el año-1905.

Los trabajos efectuados por la Crítica Textual están ligados al estudio de este tipo dé atestación de documentos y de citas de autores posteriores 8. La Crítica Textual es una rama muy interesante y fascinadora. Tiene por objeto determinar, lo más exactamente que sea posible, qué evidencias se tienen a mano y cuáles son las palabras originales de los documentos en cuestión. La experiencia pone de manifiesto que resulta muy difícil copiar un pasaje de cierta extensión considerable, sin efectuar uno o dos errores, por lo menos, y cuando se trata de documentos, como los escritos del Nuevo Testamento, que han sido copiados y re-copiados millares de veces, de modo que aumenta enormemente la posibilidad de descubrir errores de copistas, quedamos sorprendidos ante el número relativamente pequeño de los que existen. Afortunadamente, si bien el gran número de manuscritos aumenta el número de errores cometidos por los copistas, también aumentan los medios, en proporción, para corregirlos, de modo que el margen de duda que queda como saldo del proceso que recaba el fraseo original con exactitud, no es tan abultado como podría imaginarse. En realidad de verdad es excesivamente pequeño. Las variantes de lecturas que pueden ocurrir entre los criticistas textuales del Nuevo Testamento, no afectan para nada el hecho histórico o la fe y práctica cristiana.

Para resumir lo que dejamos dicho, citamos el veredicto pronunciado en 1940 por Sir Frederic Kenyon, erudito cuya autoridad referente a manuscritos antiguos se encuentra en primera línea. Dice Kenyon:

8 Otra clase de testigos muy importantes del texto del Nuevo Testamento, está constituida por las versiones antiguas de otros idiomas, siendo las de mayor edad la Antigua Siríaca y la Antigua Latina, que pueden ser fechadas por los alrededores de la mitad del siglo segundo. Los leccionarios cristianos primitivos también suministran ayuda de mucho valor.

 El intervalo que media entre las fechas de composición originaría y las evidencias más antiguas que poseemos, queda reducido a un tiempo tan pequeño que en verdad se torna insignificante. Ya han sido removidos los últimos baluartes como para que quede duda alguna de que poseemos las Escrituras en la forma substancial en que fueron escritas.

Se puede decir que ya está consolidada finalmente la autenticidad y la integridad general de los libros del Nuevo Testamento (The Bible and The Bible and Archeology, pp. 228 y sig.)9.

Notas:

1 El método de Siria, practicado desde los tiempos de los reyes seleucos, consistió en comenzar en septiembre u octubre el nuevo año de reinado. Como Tiberio quedó constituido emperador en agosto del año 14, su segundo año de reinado se consideró iniciado en septiembre o en octubre del mismo año. La Pascua de Juan 2:13 y sig., fué la de marzo del 28 y esto concuerda con la indicación cronológica de 2:20; porque la construcción del Templo de Herodes comenzó entre los años 20 y 19 A.C., los que, agregados los 46 años de esa iniciación, nos traen a los años 27 ó 28 de nuestra era.

2 Véase The Date of the Acts and the Synoptic Gospels (1911). Contamos también con el testimonio del profesor C. E. Raven que dice, “El hábito generalizado de colocar los evangelios sinópticos en el lapso de los años 70 al 100 de nuestra era, es inexplicable; porque las evidencias que se ofrecen son más débiles que las objeciones que se presentan” (Jesús and the Gospel of Love, 1931, p. 128).

3 Basado en que fué escrita antes del Concilio Apostólico que narra Hechos 15. Otros investigadores la sitúan unos pocos años más tarde.

4 Considerando que fué escrita durante un segundo encarcelamiento en Efeso. Otros la datarían en el año 60 y escrita desde Roma.

5 La escuela llamada de Tubinga tomó este apelativo de la Universidad alemana del mismo nombre, de la cual era profesor F. C. Baur, quien llegó a ser el expositor principal de tales teorías. Esta escuela declaró los orígenes del cristianismo en términos de la filosofía .hegeliana, y sus métodos dejaron traducir la actitud que quedó resumida en un famoso relato de aula relacionado con Hegel. Se cuenta que Hegel se encontraba un día exponiendo su filosofía de la historia con respecto a una serie particular de eventos, cuando uno de los oyentes, que era estudiante de historia, lo interrumpió con una protesta, diciéndole, “Señor profesor: los hechos demuestran lo contrario”, a lo que Hegel replicó: “Tanto peor para los hechos”.

Estas teorías fueron generalizadas en Inglaterra en 1874 por el autor anónimo de Supernatural Religión (Walter R. Cassels), quien recibió una respuesta concluyente del obispo Lighfoot en los artículos que publicó en la Contemporary Revietv desde 1874 al 1877, y reimpresos en un volumen titulado Essays on Supernatural Religión en 1889.

Recomendamos a los estudiantes de lógica que se interesan por la validez “del argumento del silencio”, que lean la tesis de Cassels y la réplica de Lightfoot.

6 Algunos historiadores, entre ellos Ramsay, Ed. Meyery A. T. Olmstead, protestan vigorosamente por el escepticismo excesivo que muestran ciertos teólogos cuando tratan con los escritos históricos del Nuevo Testamento.

7 Transmission of the Bible (Rylands Library, 1935). p. 4. Para el texto y la descripción de los papiros véase la obra de C. H. Roberts titulada An Unpu-hlished Fragment of the Fourth Gospel (1935).

9 Con frecuencia cito a escritores más autorizados o proporciono referencias concretas sobre sus trabajos, movido por el deseo de que mucnos lectores puedan recurrir a ellos con el fin de obtener mayores informaciones. Y lo hago movido por el espíritu de una vieja máxima rabínica que dice, “Quien afirma una cosa, en el nombre de quien la dijo, trae liberación al mundo”.

Tomado del libro: ¿Son fidedignos los documentos del Nuevo Testamento?, escrito por F.F. Bruce

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